jueves, 30 de mayo de 2013

Recetas para "duplicar oro" en el país de la tierra negra


El dios Thoth (a la derecha), señor de la ciencia y de la magia egipcias

 

Recetas para “duplicar oro” en el país de la tierra negra

 
Tal y como es sabido, es probable que la palabra “química” proceda originariamente de “kmt”, que según Plinio y otras fuentes clásicas es el nombre que los antiguos egipcios daban a su propio país, y que hace referencia a la “tierra negra”, es decir, al limo fértil y de color oscuro que el Nilo regalaba a los mortales después de su crecida anual. Y ello es así porque la tradición griega señala al país de los faraones como el lugar de origen de las prácticas alquímicas, con sus procedimientos para embalsamar a los cadáveres, fabricar vidrio y tintes o manipular los metales.
 
Con respecto a esto último, los griegos estaban fascinados con los misteriosos textos egipcios que parecían aludir a la transformación de metales inferiores en oro, textos cuya influencia se encuentra sin duda detrás de la expansión que experimentó la alquimia en la zona del Mediterráneo oriental a partir del siglo II a.c. Como ejemplo de ello, y aunque casi no se conservan documentos egipcios sobre manipulaciones alquímicas, los papiros llamados “de Leyden” y “de Estocolmo”, probablemente escritos en el siglo II o III de nuestra era, contienen curiosas fórmulas que confirman la existencia en aquella época de considerables conocimientos químicos de naturaleza práctica y de origen tan incierto como posiblemente remoto.
 
En concreto, merece la pena echar un vistazo al siguiente procedimiento para “aumentar el  oro” (sic) que se describe en el Papiro X de Leyden, siguiendo la traducción que el químico Marcellin Berthelot expuso en su obra “Les origines de L’alchimie” publicada en 1885:
 
“Para aumentar el oro, toma cadmia de Tracia, haz una mezcla con la cadmia en mendrugos, o cadmia de Gaul, junto con misy y rojo sinopia, a partes iguales a la del oro. Cuando el oro ha sido puesto en el horno y ha tomado buen color, echa estos ingredientes. Luego remueve el oro y déjalo enfriar. El oro se habrá duplicado.”
 
En cristiano, esto significa mezclar el oro con un óxido de cinc con impurezas procedente de la fundición de cobre o de bronce (cadmia), una pirita (misy) y hematita (rojo sinopia). Por efecto del calor, esto da una aleación de oro y cinc con algunas impurezas, fundamentalmente algo de cobre, obviamente de peso mucho mayor que el oro original (“duplicado”) y con un aspecto muy similar al auténtico metal noble…
 
Visto lo visto, ¡cualquiera compraba oro en una tienda de Alejandría en el siglo III! No es de extrañar que, en el año 290, Diocleciano promulgase un decreto que ordenaba quemar “los antiguos escritos de los egipcios que tratan sobre el arte de fabricar oro y plata”, por si acaso alguien se hacía lo suficientemente rico como para desafiar el poder del emperador…
 
¡Hasta la semana que viene!

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