sábado, 1 de julio de 2017

El caso del "satélite alienígena"

El objeto visto desde el "Endeavour"
 
 

El caso del "satélite alienígena"



Internet está literalmente plagado de bulos sobre alienígenas que en su mayoría, como no podía ser de otra manera, son absolutamente infumables. Algunos, sin embargo, se han ido construyendo a lo largo de los años, a partir de un puñado de hechos aparentemente inquietantes obtenidos de aquí y de allá, hasta llegar a elevarse a la categoría de mitos de la ufología. Dentro de este grupo de élite se encuentran casos como el incidente de Roswell, la abducción del matrimonio Hill o el mito del Caballero Negro. De acuerdo con este último, habría un supuesto satélite alienígena, apodado como el Black Knight, que llevaría orbitando alrededor de nuestro planeta la friolera de 13.000 años.
 
Como en tantos otros casos, la leyenda urbana del Black Knight tiene su origen en una especulación muy poco rigurosa, en este caso la del astrónomo aficionado escocés Duncan Lunan, quien en 1973 afirmó (aunque luego reconoció su error) que unos ecos de radio detectados en 1928 por el también radioaficionado noruego Jorgen Hals podían deberse a la presencia de una antigua sonda de naturaleza extraterrestre situada en la constelación de Bootes, a unos 210 años luz de la Tierra. Algunos ufólogos pronto relacionaron estos ecos con los experimentos de radio de Nicola Tesla, quien a finales del siglo XIX interpretó algunas señales seguramente procedentes de fuentes naturales como si fuesen obra de una civilización alienígena.
 
Con el tiempo, a las supuestas «pruebas» radiofónicas se les fue añadiendo un batiburrillo de hechos que en realidad no solo no tienen nada de extraño, sino que tampoco tienen ninguna conexión entre sí, a pesar de lo cual han ido convirtiendo al Caballero Negro en una de las leyendas sobre ovnis más conocidas del planeta. Entre las «evidencias» presentadas, se cuentan las declaraciones sensacionalistas del ufólogo Donald Keyhoe, quien en 1954 habría afirmado que la Fuerza Aérea estadounidense había detectado dos satélites en órbita en una época en la que nuestra especie todavía no había enviado ninguno, o un artículo de 1960 de la revista Time informando de que la armada norteamericana había localizado en una órbita polar un enigmático objeto oscuro del que se sospechaba que podía tratarse de un satélite espía. Hay que incluir también en la lista de supuestos hechos intrigantes a un supuesto ovni que habría sido avistado en 1963 por el astronauta Gordon Cooper desde el Mercury 9 y, por encima de todo, a las famosas imágenes tomadas en 1988 por el transbordador espacial Endeavour, que mientras llevaba equipamiento hasta la Estación Espacial Internacional llegó a fotografiar y filmar un extraño objeto de color negro cuya naturaleza era claramente artificial.
 
El problema de esta supuesta colección de pruebas es que ninguna de ellas es real. Dejando al margen las emisiones de radio, que con toda seguridad se debían a causas naturales, las afirmaciones de Keyhoe fueron desmentidas, el satélite de 1960 no era otro que los restos del Discoverer VIII, un artefacto parte de un programa secreto de los americanos que se había extraviado tras su lanzamiento, y el supuesto avistamiento de Cooper nunca tuvo lugar. En cuanto al misterioso objeto detectado por el transbordador durante la misión STS-88, resultó ser una cubierta térmica que se había desprendido de la nave durante unas operaciones, y que poco después quedó desintegrada al entrar en contacto con la atmósfera terrestre.
 
¿Por qué una historia construida de forma tan inconsistente y cuyos supuestas pruebas han sido refutadas hace tiempo continúa dando que hablar a los ufólogos y a muchos aficionados al fenómeno ovni? Porque siempre queda el recurso de echar mano a la teoría de la conspiración de turno, afirmando que la NASA y el ejército norteamericano han ocultado las evidencias que respaldan la existencia real del Caballero Negro, que no sería otra cosa que un artefacto alienígena colocado en órbita por visitantes del espacio hace miles de años con el objeto de vigilarnos y hacer un seguimiento de nuestra civilización.
 
Una propuesta tan atractiva, no tiene más remedio que dar lugar a un gran número de creyentes y seguidores pues, ¿a quien le interesa una verdad prosaica cuando se puede vender una mucho más sugestiva, ya sea mediante libros y revistas o a través de internet?
 
¡Hasta pronto!

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