jueves, 5 de junio de 2014

Publicidad del prontosil
 

El colorante que evitaba gangrenas

 

En diciembre de 1935, el microbiólogo alemán Gerhard Domagk estaba completamente desesperado. Hacía unos días que la vida de su hijita Hildegard corría un grave riesgo como consecuencia de una brutal infección bacteriana adquirida al clavarse una aguja por accidente. Los médicos decían que a la pobre niña de 6 años había que amputarle el brazo. Sufriendo esa agonía que tan solo los padres que están viendo consumirse a sus hijos son capaces de experimentar, Domagk tomó la decisión más importante de su vida: Inyectar a su hija una muestra de prontosil rubrum, un colorante rojo del que sospechaba que tenía acción bactericida desde que tres años atrás comprobase cómo unos ratones a los que se les había suministrado habían sobrevivido a una infección. El tratamiento era enormemente arriesgado, ya que los ensayos con prontosil hacía poco que habían comenzado y nadie sabía qué efectos podía tener en el organismo humano. Además, el colorante no parecía tener efecto alguno sobre las bacterias en los tubos de ensayo, lo que arrojaba dudas sobre los experimentos. Pero a Domagk le daba igual. A su hija no le quedaba alternativa y él iba a saltarse todas las normas.
 
Como forma de consuelo, no era la primera vez que alguien intentaba utilizar un colorante como fármaco. Paul Ehrlich ya había curado hacía décadas la enfermedad del sueño con rojo de trípano y algunos médicos alemanes llevaban tiempo sobre la pista del prontosil, habiendo llegado a curar con él a un bebé. Sin embargo, fuera de Alemania la mayoría de los facultativos e investigadores veían con  escepticismo estas prácticas, que en algunos ensayos habían provocado graves efectos secundarios, al margen de convertir a los sujetos de las pruebas en auténticos “pieles rojas”.
 
Al principio, Hildegard no mejoraba, pero después se recobró por completo, evitando la amputación. A los pocos días, el resultado del temerario tratamiento corrió como la pólvora, primero por Alemania y después por el mundo entero. Aunque Domagk no era médico, las infecciones se estaban cobrando tantas vidas que el mundo abrazó rápidamente las promesas del nuevo fármaco, de modo que los franceses del Instituto Pasteur tardaron poco en demostrar que el colorante se transformaba en el organismo en una molécula farmacológicamente activa, la sulfanilamida, lo cual explicaba por qué el prontosil no tenía efecto alguno sobre las bacterias en los ensayos de laboratorio “in vitro”, introduciendo de paso en la bioquímica el concepto crucial de “bioactivación”. Además de eludir la patente del prontosil en poder de la poderosa IG Farben (*), los franceses abrieron con ello la puerta al desarrollo de las sulfamidas, las primeras drogas de la historia verdaderamente eficaces contra las infecciones bacterianas, responsables del salvamento de millones de vidas, incluidas la de Winston Churchill y la de un hijo de Franklin Delano Roosevelt.
 
Tras el dramático episodio, y a pesar de haberse convertido de la noche a la mañana en una celebridad, a Domagk no le marcharon del todo bien las cosas. Los nazis, que abominaban del Premio Nobel por considerarlo el epítome de la “ciencia burguesa”, le obligaron a devolver el que le concedieron en 1939, no pudiendo recuperarlo hasta 1947. El temerario microbiólogo no quiso, o no pudo, salir de su país, donde a pesar de todo consiguió convencer a su fanático gobierno de que las sulfamidas podían evitar la gangrena a decenas de miles de soldados heridos en combate, algo que los aliados también comprendieron en seguida, haciendo que el fármaco fuese parte del botiquín de primeros auxilios de sus tropas.
 
Para cuando Domagk pudo recuperar el premio ya había amainado la fiebre de las sulfamidas,  cuyo uso indiscriminado como panacea para combatir cualquier tipo de problema de salud había desembocado en el desastre del “elixir sulfanilamida”, una mezcla del medicamento con anticongelante que se distribuyó en Estados Unidos, matando a más de 100 personas y desembocando en la famosa ley que da poder desde entonces a la FDA (y por mimetismo a las agencias gubernamentales de alimentación y medicamentos de medio mundo) para examinar todos los medicamentos antes de que puedan ser comercializados.
 
Por lo demás, el desarrollo de los antibióticos, mucho más eficaces para combatir las infecciones bacterianas, terminó con el breve reinado de las sulfamidas, que no obstante han seguido salvando innumerables vidas desde aquel lejano día en que un atormentado padre decidió someter a su hija a un tratamiento suicida.
 
¡Hasta pronto!
 
(*) La poderosa empresa química que fabricaba el colorante extendió de inmediato la patente del prontosil como fármaco, pero el descubrimiento de los franceses acabó con el que podía haber sido uno de los negocios más lucrativos de la historia.

 

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