jueves, 23 de abril de 2015


Uno de los montajes de Mumler


Fantasmas en exposición

William H. Mumler era un joven grabador y joyero, muy aficionado a la nueva técnica de la fotografía, que en 1861 descubrió, al hacerse un auto-retrato, como la forma misteriosa de una chica joven aparecía de manera enigmática en el negativo. Aunque tardó un tiempo en darse cuenta, lo que Mumler había descubierto por casualidad no era otra cosa que el célebre método de la doble exposición, consistente en disparar dos fotos seguidas, una detrás de la otra, sin pasar el carrete. De esta forma, se utiliza el mismo espacio para mostrar dos imágenes diferentes una encima de la otra, con resultados a menudo impresionantes. Hoy en día, la técnica parece trivial, pero durante la segunda mitad del siglo XIX protagonizó uno de los mayores escándalos de la denominada “edad de oro del espiritismo”.
Mumler, que por aquel entonces contaba con 29 años y era muy avispado, se dio cuenta de inmediato del potencial de la nueva técnica para engañar a los incautos. Alan Kardec había publicado cuatro años antes El libro de los espíritus, uno de los best-seller más influyentes de todo el siglo XIX, inaugurando la fiebre del espiritismo. Al  mismo tiempo, en Norteamérica la Guerra Civil estaba costando cientos de miles de vidas, llevando la angustia de los familiares a buscar desesperadamente cualquier indicio de la “supervivencia” de sus seres queridos. Al principio, Mumler hizo correr medio en broma la noticia de que había conseguido fotografiar a una prima suya ya fallecida, pero cuando comprobó la repercusión de la noticia decidió abandonar el oficio de joyero, instalando un estudio primero en Boston y después en Nueva York en donde fotografiaba a la gente potentada en compañía de los espíritus de los difuntos.
Por supuesto, el “fantasma de la prima” no era, con toda seguridad, más que el residuo de un negativo anterior capturado con la misma placa. Pero, por increíble que pueda parecer, tanto esta como todas las posteriores manipulaciones de Mumler, la mayoría de ellas consistentes en exposiciones previas de fotografías que el antiguo grabador solicitaba a los familiares con objeto de “facilitar la entrada en contacto” con el muerto, tuvieron un éxito arrollador, convirtiendo al antiguo grabador en un experto fotógrafo del “más allá” que cobraba a sus clientes cinco veces el precio de una fotografía normal.
Sin embargo, aunque sus extraordinarios montajes conseguían convencer a muchos escépticos, no todo el mundo se tragó los trucos de Mumler. Varios fotógrafos se dedicaron a explorar la técnica de la doble exposición y denunciaron lo que ellos consideraban un fraude, apuntando a que los supuestos espectros proyectaban sombras en direcciones distintas a las de las personas reales que aparecían en las fotografías, un indicio claro de la existencia de un montaje. Aparte de eso, a Mumler se le acusó de robar fotos, de incluir imágenes de personas que estaban vivas haciéndolas pasar por difuntos y de otras lindezas por el estilo. En 1869, las quejas contra el “fotógrafo de los espíritus” desembocaron en su detención, seguida de uno de los juicios más mediáticos de la época, en el transcurso del cual la acusación llamó a declarar al mismísimo P.T. Barnum, el polémico rey del show business que mostró al tribunal lo fácil que era trucar una fotografía. Sin embargo, la propia fama de embaucador de Barnum, responsable de fraudes resonantes como el de la “sirena de las Fidji” o el “gigante de Cardiff”, no ayudó demasiado a la causa y Mumler fue absuelto por falta de pruebas, algo que los partidarios del espiritismo celebraron como una gran victoria.
Mumler continuó haciendo fotos, algunas de ellas célebres como la que le hizo a la viuda de Lincoln con el fantasma de su marido, hasta su muerte en 1884, pero sus finanzas nunca se recuperaron de los gastos que le supuso el juicio. Mantuvo hasta el final que sus fotografías no eran un fraude, pero quemó todos los negativos poco antes de morir. Así, nadie ha podido comprobar en profundidad el tipo de trucos que utilizó este auténtico maestro de la fotografía, uno de los inventores del método de la doble exposición que puso todo su talento al servicio de los creyentes en el “más allá”.
¡Hasta pronto!
Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

viernes, 10 de abril de 2015


El HMS Britannia, torpedeado en 1918 por el submarino alemán UB-50
 
 

Convoyes, submarinos y chapuzas matemáticas

 
Que las matemáticas son imprescindibles para el buen funcionamiento de la ciencia es bien sabido. Que lo son para la correcta administración de las naciones en tiempo de guerra también lo es. Sin embargo, no muchas personas están al tanto del curioso papel que el deficiente conocimiento de las matemáticas más sencillas por parte de algunos oficiales ingleses jugó en el desarrollo de la Batalla del Atlántico, durante la Primera Guerra Mundial.
 
A poco de comenzar la guerra, el Almirantazgo se vio sorprendido por la eficacia del submarino, un arma nueva que los alemanes utilizaban con gran habilidad, sobre todo como medio de sabotear las rutas comerciales de los aliados. Cuando en 1917 el almirante Tirpitz ordenó una campaña sin restricciones a lo largo de las costas inglesas, los aliados llegaron a perder más de tres millones de toneladas de buques mercantes en menos de seis meses, lo que puso a Inglaterra literalmente contra las cuerdas. La solución al problema era, obviamente, la implantación de un sistema de convoyes como el  que en tiempos inauguró el Imperio español, pero influyentes oficiales del Almirantazgo rechazaron la posibilidad porque les parecía que juntar los barcos simplemente aumentaría la probabilidad de que se produjesen pérdidas, sin pararse a pensar que el perímetro de unas naves agrupadas es mucho más fácil de defender que el de los barcos navegando por separado.
 
El colmo de los despropósitos tuvo lugar cuando el contraalmirante Duff, Jefe de la División Antisubmarina y un burócrata de la peor tradición, mantuvo a los miembros del Alto Mando en la higuera suministrándoles interminables estadísticas según las cuales la amenaza no era tan seria, ya que de entre unas cinco mil entradas y salidas semanales de barcos solo se perdían unos cuarenta, es decir, menos del 1%. Pero las estadísticas estaban mal. De hecho, terrible y ominosamente mal. Los subalternos de Duff no solo contabilizaban todo tipo de embarcaciones, incluyendo ferries, pequeños pesqueros y cosas por el estilo, sino que contaban todas las entradas y salidas de cada barco. Por increíble que pueda parecer, los ingleses tardaron meses en descubrir que el número real de barcos mercantes diferentes que entraban o salían cada semana del país era ¡tan solo de 130!, lo que significaba que cada semana los submarinos alemanes hundían ¡más de la cuarta parte! Como recuerda Geoffrey Reagan en su magnífica obra, The Guiness book of Naval Blunders, eso solo significaba una cosa: la paralización inminente de todo el comercio británico y la subsiguiente derrota de la Gran Bretaña.
 
Cuando el primer ministro Lloyd George recibió la noticia de que, a menos que hiciese algo en seguida, tendría que capitular ante los alemanes, no pudo por menos que exclamar, completamente atónito:
 
¡Qué asombroso error de cálculo! La metedura de pata en la que han basado toda su política es un batiburrillo aritmético que no habría sido perpetrado por el empleado más humilde de cualquier oficina.”
 
Amenazados de despido, los funcionarios del Almirantazgo montaron por fin un sistema de convoyes, aunque a regañadientes. De hecho, ordenaron que el sistema fuese puesto en práctica solamente para los barcos que volvían a casa, con la consecuencia de que, a partir de ese momento, los alemanes solamente hundían los que salían de casa. Entonces, al primer ministro se le agotó la paciencia y despidió fulminantemente a parte de la  cadena de mando, incluyendo al primer lord del mar, Sir John Jellicoe. Convenientemente escoltados, los convoyes comenzaron a surcar los mares casi sin oposición, el mal momento pasó y los otrora temibles sumergibles del káiser perdieron la batalla.
 
Por lo demás, dicen las malas lenguas que el nuevo lord del mar ordenó someterse a un curso acelerado de matemáticas a todos los miembros de la Oficina del Almirantazgo.
 
¡Hasta la próxima!

viernes, 27 de marzo de 2015

El THTR-300, un antiguo reactor nuclear de torio

El boy scout radiactivo

Todos los que hemos estudiado química un poco en serio recordamos la presencia en los laboratorios de algún compañero algo“friki”, de esos que gustan bombardear el campo de fútbol de enfrente con pequeños cohetes fabricados con crisoles y mechas de magnesio. Pero, para “friki”, nadie mejor que el bueno de David Charles Hahn, un chaval de Detroit que en la década de los 90 saltó a la fama por haber intentado poner en marcha un reactor nuclear en el jardín de su casa.
David no era un estudiante modelo, ni mucho menos, pero se sentía fascinado por la química. Además, no tenía malos sentimientos, ya que soñaba con solucionar los problemas energéticos de la especie humana produciendo energía nuclear barata con un equipo doméstico. Para ello, comenzó a cartearse con funcionarios del gobierno norteamericano que, por increíble que pueda parecer, se creyeron que el intrépido adolescente era un tal “profesor Hahn”, que iba en busca de datos para diseñar unos experimentos en clase. Con la información obtenida, a Hahn se le ocurrió que no sería difícil poner en marcha nada menos que un reactor reproductor de fisión de tipo termal, en el que el isótopo de torio-232 absorbe un neutrón, convirtiéndose en torio-233, que a su vez decae por desintegración beta, transformándose primero en protactinio-233 y luego en uranio-233, el combustible que vuelve a iniciar el ciclo y que de esta manera sostiene la actividad del reactor.
Provisto de un delantal de plomo de dentista, el joven aprendiz de brujo compró un gran número de mantos de recambio para lámparas de torio (muy utilizadas en la industria), quemándolas con un soplete hasta obtener unas cenizas que trató a continuación con el litio que sacó de baterías abiertas con unas tenazas. Haciendo reaccionar el litio con las cenizas, consiguió purificar torio en cantidad suficiente como para envolver el núcleo del pequeño reactor, que construyó con un bloque de plomo perforado. A partir de miras telescópicas, también obtuvo tritio (un isótopo del hidrógeno) con el que fabricar el moderador de neutrones. Ya solo le faltaba el material fisible que originase la reacción, por ejemplo, un poco de uranio-235 para irradiar el torio. Pero esto era un auténtico problema, de hecho el mismo que afrontaron durante la Segunda Guerra Mundial los científicos del célebre “Proyecto Manhattan”. El uranio-235 se encuentra en la naturaleza en una proporción muy baja con respecto al uranio-238 habitual, por lo que hay que “enriquecerlo”, algo extremadamente difícil y que requiere instalaciones complejas. Primero, David se paseó inútilmente por medio estado de Michigan con su Pontiac equipado con un contador Geiger. A continuación, adquirió mineral de uranio de la República Checa e intentó enriquecerlo con métodos rudimentarios. Cuando comprobó que no había nada que hacer, fabricó una ingeniosa “pistola de neutrones”, utilizando americio radiactivo que robó de detectores de humo. Sin embargo, la pistola no funcionó.
A pesar de ello, y aunque el reactor se mantuvo siempre muy lejos de la masa crítica (el famoso físico atómico Al Ghiorso estimó que la cantidad de material fisible reunido por el adolescente era un billón de veces inferior a la necesaria para tener éxito irradiando el torio), alcanzó niveles de radiactividad mil veces superiores a las normales. El que fuese bautizado por la prensa como “el Boy Scout radiactivo”, se asustó y desmanteló el reactor, justo antes de ser detenido por la policía durante un incidente casual. Al registrar su Pontiac, los agentes descubrieron los materiales radiactivos y entraron en pánico, desencadenando una “Respuesta de Emergencia Radiológica Federal” que involucró al FBI, a la Comisión Reguladora Nuclear y a la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos, que se encargó de limpiar el cobertizo y enterrar los desechos radiactivos.
Aunque el intrépido adolescente se salió de rositas dada su evidente buena voluntad, nunca volvió a disfrutar de un protagonismo como el de aquellos días. En 2007, David Hahn fue arrestado por intentar robar detectores de humo (que manía con el americio), aunque su ingreso en prisión fue suspendido para que pudiese recibir tratamiento contra la radiación.
De modo que si alguna vez queréis fabricar un reactor nuclear en el patio de casa, más arriba tenéis la receta. El problema es el material fisible de partida, pero siempre podéis intentar construir primero una gigantesca factoría para su purificación. Y, a ser posible, que no se entere el FBI.
¡Hasta pronto!

Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

viernes, 13 de marzo de 2015

El alquimista de la Era Atómica

Relieve de la Catedral de Amiens con supuesta simbología alquímica
 

El alquimista de la Era Atómica

 
En 1926, el editor Jean Schemit recibía la visita de un enigmático individuo de corta estatura que le hablaba de la existencia de un misterioso lenguaje escondido en las catedrales góticas que él estaba dispuesto a revelar. Semanas más tarde, Eugène Canseliet, un joven escritor y alquimista, entregaba a Schemit un manuscrito supuestamente obra de un extraño personaje que respondía al seudónimo de Fulcanelli. Así, ese mismo año se publicaba en Paris El misterio de las catedrales, un libro que a pesar de una tirada inicial de tan solo 300 ejemplares produjo una impresión tan profunda en ciertos medios intelectuales franceses que terminó convirtiéndose en una de las obras ocultistas más famosas de todo el siglo XX. A este siguió, tres años más tarde, Las moradas filosofales, otra de las obras sobre alquimia más leídas de todos los tiempos.
 
En estos dos libros, Fulcanelli defiende con innegable maestría y una buena dosis de datos enigmáticos que el simbolismo de la alquimia juega un papel muy relevante en las esculturas y las vidrieras que adornan las enormes catedrales góticas que se extienden por toda Europa. Para sus seguidores, y muy principalmente para Canseliet, Fulcanelli sería un hombre elegante y culto que habría llegado a desentrañar los secretos de la materia hasta el punto de lograr auténticas transmutaciones y haberse convertido en poco menos que inmortal. Sin embargo, la fama de Fulcanelli no adquirió dimensión global hasta que Jacques Bergier, un ingeniero químico de origen ruso que fue también alquimista y espía y que había trabajado con el físico nuclear francés André Helbronner antes de la Segunda Guerra Mundial, desveló en El retorno de los brujos, el best-seller que escribió con Louis Pauwels en 1960, una supuesta conversación que habría tenido lugar con alguien que podría ser Fulcanelli en un laboratorio de la Sociedad del Gas, en Paris, en el transcurso de la cual, años antes del descubrimiento de la fisión nuclear, el misterioso alquimista habría intentado alertar a los investigadores franceses acerca de los peligros de manipular la energía del átomo, dando a entender que los alquimistas conocían el secreto desde hacía mucho tiempo.
 
La extraña conversación, que se produjo en ausencia de testigos y cuya veracidad no puede comprobarse, despertó el interés de muchos ocultistas a lo largo y ancho del planeta que intentaron seguir el rastro de este hombre que supuestamente habría desaparecido al final de la guerra para evitar que el gobierno norteamericano le interrogase acerca de sus conocimientos. En 2002 apareció una nueva obra firmada por el autor, siendo esta la última referencia que se tiene de él, aunque a todas luces se trata de una obra apócrifa.
 
Pero, ¿quién se escondía en realidad detrás del seudónimo de Fulcanelli? Se ha especulado con muchos nombres, empezando por el del propio Canseliet, pero las pruebas apuntan más bien hacia el pintor francés Julien Champagne, otro ocultista a quien Canseliet admiraba profundamente y que no era otro que el misterioso visitante que fue a ver al editor en 1926. Resulta que la caligrafía de algunos fragmentos atribuidos a Fulcanelli es prácticamente idéntica a la de Champagne y además existen otras pistas en las obras del legendario alquimista que apuntan hacia la autoría del pintor. Champagne y Canseliet, que junto a otros formaban la “Fraternidad de Heliópolis”, habrían construido el mito de Fulcanelli por vanidad y quizás para granjearse un prestigio dentro de los ambientes esotéricos que proliferaban en la Francia de entreguerras.
 
En cuanto a El misterio de las catedrales y Las moradas filosofales, se sospecha que son probablemente obras inspiradas en los escritos de los eruditos y ocultistas franceses Pierre Dujols y René Adolphe Schwaller de Lubicz, de quienes el pintor habría obtenido las ideas y los datos necesarios para completar ambos libros. En cualquier caso, Champagne murió en 1932 llevándose a la tumba el secreto de quien era Fulcanelli, y nosotros nunca sabremos la verdad acerca de la célebre conversación de Bergier en aquel laboratorio de la Sociedad del Gas en Paris, aunque seguimos estando razonablemente seguros de que los alquimistas nunca llegaron a sospechar los auténticos secretos que se esconden en el corazón de la materia.
 
¡Hasta pronto!

jueves, 19 de febrero de 2015


Entrada trasera del Führerbunker, en el jardín de la Cancillería del Reich, en 1947 
(Bundesarchiv)
 

Los nazis, la “Verdad Suprema” y las moléculas del juicio final


Si tienes más de treinta años, seguro que recordarás como el 19 de abril de 1995 unos miembros de la extraña secta japonesa de la “Verdad Suprema” esparcieron gas sarín por el metro de Tokyo durante la hora punta, asesinando a doce personas e intoxicando a unas cinco mil, en lo que ha sido el ataque terrorista con armas químicas más mortífero hasta la fecha. El sarín, cuya denominación en nomenclatura química es metilfosfonofluoridato de O-isopropilo, es un compuesto organofosforado descubierto por cuatro químicos alemanes durante los años treinta del pasado siglo, siendo la voz “sarín” un acrónimo de sus apellidos.
Los organofosforados son muy útiles como insecticidas, ya que bloquean el metabolismo de la acetilcolina, un neurotransmisor cuya acumulación en exceso provoca el colapso del sistema nervioso de los insectos, pero resultan tóxicos para el hombre porque la acetilcolina la usamos nosotros también. Algunos organofosforados son de hecho tan terriblemente venenosos que han pasado a denominarse como “agentes nerviosos”, siendo los protagonistas principales de los arsenales de armas químicas, consideradas de destrucción masiva y cuya producción y almacenamiento está prohibida a nivel global desde 1993. Algunos de estos gases, tales como el temible VX, son de lo más simpático, ya que unos pocos gramos de esta sustancia son capaces de arrasar poblaciones enteras, matando a sus habitantes entre espantosos espasmos musculares.
Los organofosforados, cuyo control es la pesadilla de los servicios secretos de medio planeta debido a que los componentes necesarios para fabricarlos son relativamente sencillos y están disponibles comercialmente, fueron desarrollados por primera vez en la Alemania nazi como pesticidas, pero cuando los jerarcas de aquel régimen maligno se dieron cuenta de su terrible poder destructivo, dieron orden de acumular enormes reservas capaces de aniquilar toda la vida sobre el planeta*. Como estas sustancias carecían entonces de antídoto (el más conocido para la opinión público es la atropina), es fácil adivinar que los nazis habrían ganado la Segunda Guerra Mundial con facilidad. Aunque poca gente es consciente de ello, fue el miedo de los alemanes a que los aliados dispusiesen también de los organofosforados (un temor equivocado, ya que los aliados apenas habían desarrollado los gases nerviosos) lo que impidió que los utilizasen por miedo a las represalias. Así, al terminar la guerra los vencedores confiscaron el tenebroso arsenal de los vencidos, poniéndolo a buen recaudo. Desde 1945, ninguna gran potencia se ha planteado en serio el empleo de los gases nerviosos, aunque gobiernos criminales como el de Saddam Hussein o el de Bashar al-Asad no han tenido escrúpulos en emplearlos a diestro y siniestro, incluso contra la población civil.
Sin embargo, la primera ocasión en la que el mundo estuvo cerca de ver en acción a los temibles organofosforados pudo acabar nada menos que con el asesinato de Hitler, quien, como es sabido, hacia el final de la guerra fue objeto de varios atentados. En concreto, el que fuera ministro de armamento de Alemania durante aquellos años, Albert Speer, cuenta en sus memorias que en 1945 pensó en matar al Führer introduciendo gas nervioso sarín por los respiraderos del búnker subterráneo en el que Hitler residía en Berlín. Parece ser que la operación estuvo a punto de ponerse en marcha, pero según Speer una filtración hizo que los respiraderos del búnker fueran modificados convenientemente, desbaratando la intentona.
Medio siglo después de que Hitler se librase de semejante atentado, los terroristas japoneses utilizaron el mismo gas para sembrar el pánico en Tokyo, alertando a la opinión pública de todo el mundo del mortífero peligro que se esconde detrás de unas sustancias que son útiles como insecticidas pero algunas de las cuales encierran en sus moléculas el poder para acabar con toda la especie humana.

¡Hasta pronto!
* Se calcula que ya en 1939 disponían de 12.000 toneladas de agentes nerviosos, que pudieron llegar a una cifra cercana a las 65.000 a finales de la guerra. Las existencias incluían tabún, sarín y soman.

jueves, 29 de enero de 2015

El vidrio irrompible que hizo enfedar a Tiberio


Busto del emperador Tiberio

El vidrio irrompible que hizo enfadar a Tiberio


El emperador romano Tiberio (el “divino”, según sus contemporáneos), era conocido por su capacidad como comandante, pero también por sus perversiones sexuales y por  la dejación de funciones de la que hizo gala a medida que avanzaba su gestión, hasta el punto de retirarse a Capri delegando el gobierno en personajes como Macro o el detestable Sejano. En palabras de Plinio el Viejo, “fue el más triste de los hombres”, un oscuro gobernante refugiado en sí mismo que nunca quiso realmente ser emperador.

Quizás la progresiva falta de interés de Tiberio por el buen gobierno y su obsesión por proteger su entorno inmediato puedan explicar su comportamiento en la anécdota que tanto Plinio como Petronio relatan al respecto de un genial artesano que había descubierto la forma de elaborar un vidrio casi irrompible, en la línea del Duralex® moderno. Según ambos escritores, este emprendedor de nombre desconocido estaba tan orgulloso de su invento que las noticias llegaron a la corte del emperador, quién hizo llamarle para que hiciese una demostración. Una vez allí, delante de todos, el artesano dejó caer un hermoso jarrón de cristal que transportaba, sin que el choque con el duro suelo de mármol le ocasionara el menor daño. A los murmullos de asombro de la concurrencia siguió la tranquila pregunta de Tiberio: ¿Alguien más conocía el secreto de la elaboración? El orgulloso artesano contestó que no, seguramente buscando el reconocimiento y la gloria, pero el despiadado emperador ordenó su ejecución de inmediato. ¿El motivo? Tiberio contaba con una de las mejores colecciones privadas de cristal de toda Roma, en una época en la que se producían maravillosas obras maestras, tales como el célebre “vaso de Portland”. Temeroso de que su colección de quebradizo cristal perdiese todo su valor, el retraído emperador quiso que el artesano se llevase el secreto del vidrio irrompible a la tumba.

A priori, podría parecer que la historia es de dudosa veracidad, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que les caía Tiberio a Plinio y a Petronio. Sin embargo, los detalles que proporcionan ambos historiadores hacen pensar que el artesano, quizá por casualidad, llegó a utilizar arena u otro tipo de sedimentos con un alto contenido de borato sódico, más conocido como bórax, el componente fundamental de los vidrios irrompibles. En efecto, según estos escritores se trataba de un vitrium flexible hecho de martiolum, un material que para nosotros es desconocido, pero cuyo nombre puede derivarse de Maremma, una región de la Toscana donde había grandes depósitos de bórax. Estos depósitos fueron explotados durante el siglo XIX, dando como resultado que Italia fuese el primer productor mundial de esta sustancia durante más de treinta años. Por tanto, el vidriero pudo haber recogido material que estuviese alrededor de las aguas estancadas o fuentes de vapor de la región y cuya adición al vidrio habría producido el efecto relatado.

Sea cual sea la verdad, el secreto del desdichado artesano murió con él, y el vidrio irrompible desapareció de la faz de la Tierra y de la memoria de los hombres durante más de dieciocho siglos, hasta que hacia 1880 fue descubierto (o más bien “redescubierto”, si la historia de Tiberio es cierta) por tres alemanes, comenzando a ser comercializado con el nombre de Pyrex. Así, finalmente, resucitó el vidrio irrompible, esa sustancia milagrosa resistente a los golpes y a los cambios bruscos de temperatura que un buen día llegase a crear un humilde artesano romano y que el mundo se perdió durante siglos por culpa del carácter amargado de un sombrío emperador celoso de preservar su fortuna.
¡Hasta pronto!
Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

jueves, 15 de enero de 2015


Retrato del emperador, obra de Tiziano


La amalgama que salvó a Carlos

Es bien sabido que Carlos I de España y V de Alemania, el poderoso emperador que protagonizó gran parte del siglo XVI, pasó toda su vida guerreando contra sus numerosos enemigos, notablemente el rey de Francia, Francisco I, el sultán otomano, Suleimán “El Magnífico” y los príncipes electores alemanes. También son célebres sus problemas para financiar las interminables guerras que llevaron a España al borde de la quiebra a finales de su reinado. Es menos conocido, sin embargo, como la amalgama de mercurio salvó al emperador de un desastre todavía mayor pocos años antes de su fallecimiento.
Hacia 1550, la extracción de plata en las colonias de América, concretamente en el Virreinato de Nueva España, estaba literalmente en las últimas ya que las mejores explotaciones estaban agotadas y muchas de las menas disponibles gozaban de una ley tan escasa que no eran adecuadas para la fundición. La escasez correspondiente en el suministro de plata hacia la metrópoli estaba poniendo contra las cuerdas al emperador, que necesitaba un flujo creciente del mineral procedente del Nuevo Mundo para pagar sus cuantiosas deudas. La situación estaba llegando al límite cuando Bartolomé de Medina, un próspero comerciante sevillano, decidió viajar a América para poner en marcha un procedimiento secreto para extraer la plata que, al parecer, le había transmitido un misterioso artesano alemán.
Como era de esperar, el ansioso emperador mostró de inmediato el máximo interés por el viaje del comerciante quien, tras mucho experimentar, en 1555 dio con el método que llegó a conocerse como “beneficio del patio”, en el cual el mineral de plata pulverizado se mezclaba durante semanas con salmuera y mercurio en grandes patios con ayuda de caballos y otros animales. Después, la amalgama resultante se calentaba en hornos que separaban el mercurio de la plata. El  éxito del nuevo procedimiento resultó espectacular, extendiéndose su aplicación por todo el virreinato, así como más tarde sobre el Perú. Como resultado de ello, la producción anual de plata en las colonias se disparó, multiplicándose por 15 en el transcurso de los siguientes cuarenta años. Como los españoles tenían el cuasi-monopolio del mercurio debido a la posesión de las minas de Almadén, que en aquella época producían la práctica totalidad del metal líquido que se obtenía en el planeta, el nuevo método de extracción de la plata permitió a los españoles continuar financiando sus guerras europeas.
Carlos V, que ya estaba viejo, pudo por fin respirar un poco, aunque se vio obligado a transferir el control de la gran mina de cinabrio a los banqueros alemanes Fugger durante algún tiempo, ya que como efecto secundario, y al margen de provocar una inflación monetaria galopante en el continente, la que fuese una de las innovaciones tecnológicas más trascendentales de aquel siglo ocasionó que se disparase la demanda de mercurio. En cualquier caso, el emperador pudo salvar la cara durante algún tiempo, aunque falleció un par de años después dejándole a su hijo Felipe una herencia envenenada, plagada de deudas y donde todos los ingresos previstos de la corona se encontraban comprometidos de antemano. En cuanto al “beneficio del patio”, siguió utilizándose durante siglos, contribuyendo a sostener las maltrechas finanzas de la corona mientras mantenía a legiones de trabajadores en régimen de semiesclavitud. A pesar de todos los avances tecnológicos, el procedimiento se ha perpetuado hasta nuestros días, siendo utilizado habitualmente en la Amazonia, con el consiguiente perjuicio para el medio ambiente debido a la toxicidad inherente al mercurio, un elemento químico que salvó a un imperio y permitió a un viejo gobernante seguir pagando sus deudas.
¡Hasta la próxima!
Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química