viernes, 24 de octubre de 2014


El HMS Invincible, uno de los cruceros de batalla que se hundieron en Jutlandia
 
 

Acetona, biotecnología y el origen legendario del estado de Israel

 

La cordita, o “pólvora sin humo”, es una mezcla de nitrocelulosa, nitroglicerina y vaselina que requiere de una pequeña cantidad de acetona (menos de un 1%) como disolvente.  A principios del siglo XX, el gobierno británico la adoptó como propelente estándar para la munición de sus barcos de guerra, a pesar de que la acetona se obtenía de la madera con un ridículo rendimiento del 1%. Pero, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el suministro de cordita para la Royal Navy adquirió un carácter estratégico y la tradicional escasez de acetona pasó a amenazar seriamente el ritmo de producción del explosivo. Hay incluso una teoría que intenta explicar el desastre que sufrieron los cruceros de batalla británicos durante la Batalla de Jutlandia por el empleo de la vieja cordita MK.I., de alto contenido en nitroglicerina, en lugar de la más moderna y segura variedad M.D. debido a la falta de acetona.
Fue entonces cuando Jaim Weizmann, un brillante judío originario del Imperio ruso que había emigrado a Occidente y trabajaba en el Departamento de Química Orgánica de la Universidad Victoria de Manchester, descubrió, mientras ponía algunas de las bases de la moderna biotecnología intentando encontrar bacterias que transformasen el butanol en almidón, que la bacteria Clostridium acetobutylicum era capaz de obtener acetona a partir de la miel de caña (melaza) con un rendimiento superior al 10%. Weizmann, que más tarde sería conocido como el “padre de la fermentación industrial”, cedió los derechos de la fabricación de acetona al gobierno y fue inmediatamente nombrado director científico de los Laboratorios del Almirantazgo. A partir de entonces, la historia se transforma en leyenda.
Según algunos testimonios de la época, incluyendo las Memorias de guerra publicadas en 1933 por el que fue primer ministro británico, David Lloyd George, Weizmann, que además de un genio de la incipiente biotecnología era un sionista convencido y el principal agente del lobby judío en Inglaterra, solicitó al agradecido gobierno británico su apoyo al establecimiento de un "hogar nacional judío" en lo que entonces era todavía territorio perteneciente al Imperio otomano. Con posterioridad, Weizmann desmintió en su autobiografía que las cosas sucediesen de esta manera, pero lo cierto es que, el 2 de noviembre de 1917, el Secretario del Foreign Office, Arthur James Balfour, firmaba la célebre declaración que lleva su nombre, la primera en la que una potencia mundial se mostró favorable al derecho del pueblo judío a establecerse en la antigua tierra de Israel. La Declaración Balfour, considerada por muchos como el acta de fundación del moderno estado hebreo, está detrás de gran parte de la historia de Oriente Medio en el siglo XX y lo que llevamos del XXI.
Weizmann, quien en 1918 había cofundado la Universidad hebrea de Jerusalén, utilizó la diplomacia durante años para obtener apoyo y financiación en favor de la causa del estado judío, siendo uno de los principales diseñadores de la estrategia sionista. Finalmente, fue elegido en 1949 como el primer presidente de Israel, cargo que desempeñó hasta el día de su muerte, el 9 de noviembre de 1952.
¿Fue la trascendental Declaración Balfour un regalo del gobierno británico a Weizmann por los servicios prestados a la causa británica a través de una bacteria? Tal vez nunca lo sepamos a ciencia cierta. Es obvio que en la posición británica influyeron otros condicionantes geopolíticos, pero no es fácil desdeñar la aportación del hombre que permitió a los ingleses mantener el suministro vital de cordita durante los últimos años de la Gran Guerra. Un hombre cuya trayectoria se convirtió en un mito que combina los albores de la biotecnología con los del moderno Estado de Israel.
¡Hasta la próxima!

viernes, 10 de octubre de 2014

Los premios más divertidos de la ciencia

Rana sometida a levitación magnética. IgNoble de Física en 2000
 

Los premios más divertidos de la ciencia

 

Creados en 1991 por los editores de la revista de humor científico Annals of Improbable Research, los premios Ig Noble pretenden, según reza su página web, “hacer reír a la gente, y luego hacerla pensar”. La denominación de los premios, que no son sino una parodia de los célebres galardones concedidos por la Academia Sueca, es un juego de palabras entre la voz castellana “innoble”  y el apellido de Alfred Nobel. Se conceden cada año a las investigaciones más extravagantes, inútiles o disparatadas que se producen a lo largo y ancho del planeta, aunque la organización se esfuerza en recalcar que en todos los casos se trata de investigaciones serias que utilizan el método científico para llegar a sus conclusiones. Además, y a diferencia de los Premios Nobel, pueden concederse en un número variado de categorías que no tienen por qué coincidir de un año para otro.
 
Es difícil establecer un ranking de las nominaciones que han resultado más divertidas a lo largo de las últimas dos décadas, ya que cada año se nos sorprende con nuevas investigaciones cuyo propósito y contenido parecen poner en duda el que las personas que las llevaron a cabo estuviesen en su sano juicio. En 2012, se concedió el premio de Anatomía a dos investigadores que demostraron que los chimpancés podían reconocerse entre ellos observando fotografías de sus traseros, en 2010 el de Salud Pública a tres norteamericanos que encontraron experimentalmente que los microbios se aferran con preferencia a los científicos que tienen barba y, en 2013, el de Probabilidad a los investigadores anglosajones que demostraron matemáticamente que cuanto más tiempo permanezca una vaca acostada, más pronto se levantará y, además es difícil predecir cuándo volverá a acostarse. Hay trabajos sobre los efectos secundarios de tragarse una espada, sobre si la gente nada más rápido en agua que en sirope o sobre la supuesta comunicación de los arenques a través de pedos. También sobre despertadores que salen corriendo y se esconden para asegurarse de que te despiertas, muñecas hinchables que transmiten la gonorrea o acerca de cuantos ciudadanos de Alabama irán al infierno si no se arrepienten.
 
No obstante, no todos estos “descubrimientos” son auténticos despropósitos. Por ejemplo, el aparentemente estúpido premio de Biología de 2006, concedido a un equipo europeo por demostrar que la hembra del mosquito Anófeles se sentía igualmente atraída por el olor de los pies humanos que por el del queso Limburger, desembocó en una estrategia para combatir la malaria que se está aplicando en África con un éxito notable. Asimismo, no todos los ganadores son perfectos desconocidos. En el año 2000, el físico ruso Andréy Gueim obtuvo el IgNoble de física por hacer levitar una rana en un campo magnético y en 2010 el auténtico Premio Nobel de Física por descubrir el grafeno.
 
En realidad, estos famosos premios esconden una velada crítica al sistema científico actual, que presiona de tal forma a los científicos e instituciones para que publiquen resultados y puedan mantener la financiación que a menudo da como resultado un completo despilfarro de valiosos recursos que podrían ser utilizados en investigaciones mucho más relevantes.
 
Y, para terminar, no podemos olvidar la defensa de la democracia que llevan a gala los organizadores de los premios. Con cierta regularidad, la revista concede un premio IgNoble de la Paz a aquellos gobiernos e instituciones que sacan adelante normativas ridículas destinadas a limitar los derechos de los ciudadanos. Por ejemplo, en 2013 se le concedió uno al presidente de Bielorrusia por ilegalizar los aplausos en público, y a la policía estatal del país por arrestar por aplaudir… ¡a un hombre manco!
 
¡Hasta la semana que viene!

viernes, 26 de septiembre de 2014


El mapa de Henricus Martellus de 1489
 

Un mapa que ¿cambió el mundo?


En 1489, en plena era de los descubrimientos y tres años antes de que Colón llegase a las Indias, un oscuro cartógrafo alemán del que poco se sabe dibujó en Florencia un extraño mapa del mundo que se cree tuvo una asombrosa influencia en los acontecimientos que siguieron, estando recubierto desde entonces por una aureola de intriga y misterio en la que se mezclan nuevos descubrimientos, prácticas de desinformación y secretos de estado del siglo XV.
Basado en los antiguos mapas de Claudio Ptolomeo que se habían convertido en la base de la cartografía renacentista en Occidente, el mapamundi de Heinrich Hammer, que usaba el nombre latinizado de Henricus Martellus Germanus, incorporaba tanto los descubrimientos de Marco Polo como detalles revelados de fuentes africanas, así como los hallazgos más recientes de los navegantes portugueses, mostrándose especialmente detallado en lo referente a la red fluvial y a las costas africanas. Pero, al igual que las obras anteriores del cardenal D’Ailly y de Paolo Toscanelli, el mapa mostraba la isla de Cipango (Japón) a tan solo 3.500 millas al oeste de la Península Ibérica, extendiendo de forma exagerada el tamaño del continente euroasiático. Un error de bulto que resulta de lo más sospechoso, ya que a partir del examen de mapas anteriores resulta evidente que la extensión más o menos correcta de la masa continental era bien conocida en esa época. Asimismo, el tamaño de África está también muy exagerado, extendiéndose la friolera de 11º más de la cuenta hacia el sur, algo extraño si tenemos en cuenta que cuando el año anterior Bartolomeu Dias circunnavegó el Cabo de Buena Esperanza ya era posible determinar la latitud con bastante exactitud. Dejando al margen que el detalle de las costas africanas ofrecido en el mapa evidencia la filtración de información secreta desde Portugal,  parece claro que alguien involucrado en el diseño del mapa quiso confundir a sus destinatarios mostrando que la ruta oriental hacia las Indias resultaba más dificultosa de lo que en realidad era. Para terminar de arreglarlo, el mapa incluye por primera vez una inexistente y gigantesca península en extremo oriente, la llamada “cola de tigre” o “Península de Catigara”, que parece una reminiscencia de la línea costera continua que unía Asia con el sur de África en los antiguos mapas de Ptolomeo, y que de haber estado verdaderamente allí habría dificultado enormemente el viajar por mar hacia el Este hasta las islas de las especias (las Molucas).
Pero, ¿quién podía estar interesado en semejante engaño? Muchos estudiosos piensan que el hermano de Colón, Bartolomé, introdujo estos señuelos en 1488 o 1489 mientras trabajaba para el rey de Portugal. De hecho existen muchos indicios de que el mapa fue confeccionado allí originalmente y Martellus simplemente hizo una copia, que fue la que trascendió. Los hermanos Colón habrían intentado convencer a los monarcas ibéricos, especialmente a los Reyes Católicos, de que financiasen su viaje hacia el Oeste utilizando este mapa manipulado, así como otros posteriores que no eran sino copias o desarrollos del mismo. Dado el éxito de la empresa, puede considerarse el mapa de Martellus como uno de los trabajos de intoxicación más exitosos de la historia, bien pudiendo decirse que contribuyó a cambiar el mundo para siempre. Tal fue su influencia que detalles como el de la inexistente “cola de tigre” fueron incorporados a muchos de los mapas que se confeccionaron en Occidente durante décadas.
Pero no acaban aquí las curiosidades de este asombroso mapa. Utilizando una red de distorsión, el cartógrafo e historiador belga (nacionalizado argentino) Paul Gallez, informó en la década de los 90 de las extrañas coincidencias entre el contorno costero y el sistema fluvial mostrados en la “cola de tigre” tal como aparece en el mapa, y la auténtica longitud y posición relativa de los ríos y otros accidentes geográficos de la vertiente oriental de Sudamérica, lo cual, a su juicio, respalda la hipótesis de que alguien exploró el continente americano mucho antes que el genovés. Aunque esta teoría no cuenta con el respaldo de la mayoría de la comunidad científica, supone una intriga más a añadir a aquellas que desde hace 500 años rodean a este legendario y enigmático mapa.
¡Hasta la semana que viene!

sábado, 13 de septiembre de 2014


El USS Eldridge en 1944
 

El bulo del destructor “teletransportado”

Si hay una leyenda urbana grabada a fuego en los corazones de los partidarios de las teorías de la conspiración, es la del “Experimento Filadelfia” (también llamado “Proyecto Rainbow”), el supuesto intento, por parte de la marina norteamericana, de dotar de invisibilidad a los destructores de escolta con vistas a protegerlos de los submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
 
La historia es hoy en día célebre. Sometido a la acción de potentes campos electromagnéticos producidos por unas enormes bobinas instaladas siguiendo las supuestas investigaciones secretas de Albert Einstein, Nikola Tesla y otros destacados científicos, a finales de octubre de 1943 el destructor USS Eldridge (DE-173) y los escasos tripulantes destacados a bordo no solo se habrían vuelto completamente invisibles durante unos minutos, sino que habrían sido teletransportados  desde el puerto de Filadelfia en el que se encontraban hasta el de Norfolk, situado a más de 350 kilometros de distancia, para también desvanecerse allí y volver a aparecer en Filadelfia poco después. Según la leyenda, el resultado del experimento habría sido catastrófico para la tripulación, con varios de los hombres literalmente “fundidos” con la estructura del barco, otros enloquecidos, o posteriormente desmaterializados durante una trifulca en un bar. Como consecuencia de las aterradoras consecuencias, la marina habría decidido suspender el proyecto.
 
A pesar de que la única fuente original conocida que describe el suceso fue la carta que un supuesto testigo, Carlos Miguel Allende, hizo llegar en 1955 a Morris K. Jessup, un astrónomo y escritor aficionado a los ovnis, la leyenda del experimento se extendió como la pólvora, pasando a convertirse en uno de los relatos más divulgados de la segunda mitad del siglo XX. A ello contribuyeron la sorprendente reacción de la Oficina de Investigación Naval en Washington D.C., al decidir interrogar a Jessup tras recibir por correo una copia de uno de sus libros sobre ovnis con unas delirantes anotaciones hechas a mano por Allende u otras personas, y la posterior muerte del astrónomo, que se suicidó en extrañas circunstancias.
Sin embargo, todo el asunto quedó pronto en evidencia. En primer lugar (y muy fundamentalmente), aunque es cierto que Einstein colaboró con su gobierno en varios proyectos, la supuesta aplicación en el experimento de la "teoría del campo unificado" en la que trabajaba es completamente falsa, ya que dicha teoría no ha sido desarrollada con éxito todavía ni existe ninguna ley física conocida que permita utilizar campos de fuerza para volver invisibles o teletransportar a las personas o a las cosas. Asimismo, en 1943 Nikola Tesla era ya tan solo un anciano de 87 años a punto de fallecer, por lo que su supuesta intervención en el proyecto no resulta creíble.
En segundo lugar, los archivos de la marina donde se conserva la hoja de servicios del Eldridge muestran que el destructor nunca estuvo en Filadelfia en 1943. Todos los que sirvieron en él durante la Segunda Guerra han declarado que jamás participaron en un asunto semejante, ni oyeron hablar de él. Lo mismo han declarado los tripulantes del Andrew Furuseth, el mercante desde el que, según la leyenda, Allende fue testigo de la desmaterialización temporal del Eldridge.
Por último, Allende resultó ser Carl M. Allen, un aficionado a los ovnis bastante trastornado y que en alguna ocasión confesó haberse inventado la historia. Jessup, por su parte, se suicidó probablemente como consecuencia de su reciente divorcio y de sus constantes depresiones, tal y como su propia hija ha declarado. En cuanto a la peculiar reacción de la Oficina de Investigación Naval, resulta menos extraña si tenemos en cuenta que a mediados de los 50 el gobierno norteamericano investigaba de forma rutinaria cualquier rumor sobre tecnologías avanzadas, incluyendo los ovnis o la alquimia (*)
Para muchos investigadores, Allen simplemente sacó la idea del “barco invisible” del proceso de desmagnetización al que se sometía a los navíos para volverlos inmunes a las minas magnéticas, lo mezcló todo con algunos recuerdos personales (hay testigos de la pelea del bar que relatan que, por supuesto, nadie desapareció) e intentó darle credibilidad al asunto recurriendo a Einstein. Después, otras personas han continuado alimentando el mito con falsas declaraciones. Sin embargo, y a pesar de sus evidentes inconsistencias, lo sugestivo del relato y los extraños detalles que rodearon su divulgación han hecho que, casi 60 años después de salir a la luz, el bulo del “experimento Filadelfia” siga teniendo una significativa legión de seguidores, habiéndose convertido en una de las leyendas urbanas de más éxito de toda la historia de la ciencia. La que ha convertido a un oscuro destructor de escolta que nunca llegó a entrar en combate en el protagonista de una extraña y terrorífica historia de viajes por el tiempo y el espacio.
¡Hasta pronto!
(*) Aunque parezca increíble, existen algunos indicios de que a mediados de los años 40  militares norteamericanos llegaron a emplear tiempo y dinero en rastrear posibles indicios de tecnología atómica en documentos sobre alquimia.

viernes, 11 de julio de 2014

La estatuilla, en una vitrina del Museo Nacional del Cairo
 

El "pájaro de Sakkara"


En 1.898, en una tumba de la necrópolis de Sakkara, no lejos del Cairo, se encontró una estatuilla hecha con madera de sicomoro que data de finales del siglo III Ac. El objeto, que parece representar un halcón o algún otro tipo de pájaro, llama inmediatamente la atención por su sorprendente forma y por sus contornos aerodinámicos. Con 18,3 cm. de envergadura y una longitud de 14,2 cm., dispone de un ala superior recta, muy diferente a la de las aves y similar a la de muchos planeadores, además de una cola vertical más parecida al timón de una aeronave que a la cola de un pájaro. 
 
La estatuilla, de unos 40 gramos de peso, se diferencia de todas las representaciones usuales de aves procedentes del antiguo Egipto precisamente en aquellos detalles que más distinguen una aeronave de un pájaro. Por ejemplo, el objeto de Sakkara no tiene patas, ni plumas esculpidas o pintadas. De hecho, la extraña estatuilla apenas está decorada, mostrando tan solo unos pequeños ojos y algunas líneas en la parte inferior. Otra diferencia muy llamativa  es la presencia del timón vertical de cola. Las aves siempre tienen la cola “horizontal”, ya que no necesitan estabilizar su dirección porque pueden corregirla fácilmente. Los aviones, sin embargo, necesitan un timón vertical para poder mantener el rumbo. Por último, y quizás sea lo más extraordinario de todo, la sección transversal del ala muestra un diseño aerodinámico muy parecido al de un avión moderno. En la antigüedad, las representaciones de los pájaros raramente mostraban las alas con un perfil semejante.
 
Aunque en un principio pasó desapercibido (*), en el transcurso de los últimos 40 años se han llevado a cabo muchas investigaciones sobre el extraño objeto, algunas ampliamente difundidas entre el gran público por investigadores más o menos rigurosos, así como por medios de comunicación especializados, tales como el “History Channel”. La mayoría han sido realizadas por ingenieros aeronáuticos, y han incluido pruebas de vuelo y ensayos en túneles de viento sobre réplicas de la estatuilla, así como la utilización de simuladores. Todos los ensayos han mostrado resultados cuando menos sorprendentes. El “pájaro de Sakkara” no puede volar porque carece de estabilidad y presenta defectos estructurales, pero si se le añade un estabilizador horizontal en la cola se convierte en muchos aspectos en el modelo de un auténtico planeador. Es decir, aunque no vuela incluye la mayoría de los principios necesarios para hacerlo, algo sorprendente en un artefacto de más de 2000 años de antigüedad.
 
Pero, ¿para qué servía realmente esta curiosa estatuilla? Muchos arqueólogos apuntan a que se trataba de un objeto ceremonial o decorativo, o bien tan solo de un juguete. Otros estudiosos han indicado la posibilidad de que se tratase de una veleta, o incluso de una especie de “boomerang”. Sin embargo, sus características aerodinámicas han hecho pensar a algunos ingenieros en la posibilidad de que se tratase de una maqueta de un modelo de mayor tamaño.
 
¿Descubrieron los egipcios de la época helenística los principios que dan paso a la construcción de aeronaves 2,300 años antes de los hermanos Wright? Lo más seguro es que no. Puesto que no se ha encontrado ningún otro indicio de la presencia de tecnología aeronáutica en el antiguo Egipto, el extraño objeto podría no ser más que un extraordinario ejemplo de intuición por parte de alguno de los genios que proliferaban en aquella época en Alejandría, hombres que como Euclides, Ctesibio, Hiparco, Eratóstenes o Herón se encuentran detrás de descubrimientos que parecen adelantarse dos mil años a su tiempo. O tal vez las enigmáticas características del “pájaro” no sean sino fruto de la casualidad. Sin embargo, no todos piensan igual. En Washington, en el Museo Smithsonian del Aire y el Espacio, se exhibe una copia de la célebre estatuilla. El letrero que la acompaña reza así: “...los aspectos funcionales del diseño han hecho que algunos investigadores sugieran que el objeto había sido hecho con la intención de volar...” 
 
(*) A comienzos de la década de los 70 del pasado siglo, el gobierno de Anuar el-Sadat se esforzaba en ganar prestigio en el concierto internacional, y casi cualquier cosa era excusa para promocionar el país a bombo y platillo. Animado por la perspectiva de mostrar al extranjero que Egipto había sido nada menos que la patria de la aeronáutica, el entonces Ministro de Educación, Mohammed Gamal El-Din Mujtar, inauguraba en el Museo Nacional la primera "exposición de aeromodelismo" del antiguo Egipto. La muestra reunía un total de 13 antigüedades de la época de los faraones,  todas ellas más o menos relacionadas por su aspecto con el "pájaro de Sakkara".

viernes, 20 de junio de 2014

Zona portuaria de Nashville en diciembre de 1862
 

Guerra, plagas y el caso del “burdel flotante”


A principios del siglo XIX, las enfermedades venéreas se habían transformado en uno de los mayores problemas de salud pública en el mundo. En el ámbito militar causaban habitualmente muchas más bajas que los combates, incapacitando a miles de soldados y convirtiéndose en un verdadero quebradero de cabeza. Sin embargo, no fue sino hacia mediados de siglo cuando las autoridades comenzaron a tomarse en serio la posibilidad de tomar las riendas del problema introduciendo técnicas de prevención y controles en los burdeles.
Uno de los incidentes menos conocidos y que más contribuyeron a despertar esta conciencia tuvo lugar en 1863, durante la Guerra Civil norteamericana, después de la captura de Nashville, en Tennessee, por parte de las fuerzas de la Unión. En esta localidad había un “barrio rojo”, conocido como Smokey Row por causa del humo de opio que lo envolvía, donde legiones de prostitutas ejercían el oficio más antiguo del mundo provocando que por cada soldado de la Unión que caía en combate docenas lo hiciesen por culpa de la sífilis o la gonorrea. Aterrado por lo que estaba presenciando, al comandante de Nashville, Robert S. Granger, no se le ocurrió otra idea que detener a todas las chicas, meterlas en un barco, y mandarlas por el rio a otra parte, en este caso a Louisville, en Kentucky. Lo que siguió fue uno de los episodios más pintorescos de la guerra y, de paso, de toda la historia de la lucha contra las enfermedades.
En una caótica operación en la que se vio a las chicas saltando por las ventanas medio desnudas, escapando de los guardias que las perseguían a punta de bayoneta y mezclándose con damas de buena reputación (muchas de las cuales acabaron también en el barco), 150 mujeres fueron subidas a bordo del Idaho, un pequeño vapor que habitualmente transportaba pasajeros, a las órdenes de su co-propietario, el capitán John Newcomb, quien se preguntó consternado como iba a llevar a las chicas por sus propios medios, con pocas provisiones, sin servicios médicos ni de seguridad y una tripulación de tan solo una decena de hombres(*). Lo que no sabía es que, además, nadie había avisado a Louisville de la próxima llegada del alegre cargamento.
Durante una semana, el Idaho cubrió 150 km a lo largo de los ríos Cumberland y Ohio sin poder atracar en ningún sitio, ya que todas las autoridades locales rechazaban cualquier intento de desembarco de las prostitutas. Newcomb, que se las veía y deseaba para controlar a sus pasajeras, se encontró con que la mitad de ellas estaban enfermas. Compadecido,  decidió pagarles la comida y las medicinas de su propio bolsillo, convirtiendo parte de su pequeño barco en un improvisado hospital. Como al llegar a Louisville también le dieron calabazas, se vio obligado a seguir hacia Cincinatti. Convertido en un nuevo “holandés errante”, el ya conocido como “burdel flotante” continuó hasta su nuevo puerto de destino, donde se encontró a un auténtico pelotón en orden de batalla con órdenes estrictas de impedir semejante invasión desde el sur y a un ejército similar de ciudadanos intentando subir al barco por todos los medios con objeto de pasar un buen rato. Con su mezcla de burdel-hospital flotante destrozado por las continuas peleas entre las chicas y harto de lo que estaba sucediendo, Newcomb se saltó todas las jerarquías y le envió un telegrama al mismísimo Secretario de Guerra en Washington preguntándole que debía hacer. Enfurecido, el secretario culpó del fiasco a Granger, obligándole a recibir “el cargamento” de vuelta bajo amenaza de despido. Obligado por las circunstancias, a Granger no le quedó otra que buscar una alternativa. La que encontró fue tan genial como sencilla. Ya que no podía quitarse de encima a las prostitutas de Smokey Row, las obligaría a presentar un certificado médico para poder ejercer.
La hazaña de Newcomb, uno de esos héroes anónimos de los que la historia casi no registra el rastro, no cayó en saco roto. Como no podía ser de otro modo, el escándalo llamó la atención de la prensa y de la opinión pública norteamericana. El gobierno de Estados Unidos, presionado por el colectivo de médicos y cirujanos, adoptó la única decisión posible en tiempo de guerra: Legalizar los burdeles bajo supervisión médica estricta, lo que redujo la tasa de enfermedades venéreas en el ejército de la Unión de forma inmediata y apreciable. Otros ejércitos pronto copiaron la medida.
El incidente de Nashville fue uno de esos oscuros sucesos que, por extraño que pueda parecer, contribuyeron decisivamente a la extensión de las medidas de prevención y salud pública a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, con consecuencias de largo recorrido para toda la especie humana. Para Newcomb, el héroe de esta historia, no hubo sin embargo mucho consuelo. El gobierno tardó años en devolverle el dinero que gastó en cuidar de las prostitutas y en arreglar el barco y, lo que es peor,  se convirtió en la rechifla del río, siendo conocido a partir de entonces como el “capitán del burdel flotante”, un título poco honroso para un hombre tan valiente como sensato.
(*) Los militares acabaron pidiéndole a Newcomb que se buscase la vida y le negaron una dotación de guardias. En Louisville le ofrecieron una, pero fue casi peor, ya los guardias pasaban más tiempo entreteniéndose con las chicas que controlándolas.

jueves, 5 de junio de 2014

Publicidad del prontosil

El colorante que evitaba gangrenas

 

En diciembre de 1935, el microbiólogo alemán Gerhard Domagk estaba completamente desesperado. Hacía unos días que la vida de su hijita Hildegard corría un grave riesgo como consecuencia de una brutal infección bacteriana adquirida al clavarse una aguja por accidente. Los médicos decían que a la pobre niña de 6 años había que amputarle el brazo. Sufriendo esa agonía que tan solo los padres que están viendo consumirse a sus hijos son capaces de experimentar, Domagk tomó la decisión más importante de su vida: Inyectar a su hija una muestra de prontosil rubrum, un colorante rojo del que sospechaba que tenía acción bactericida desde que tres años atrás comprobase cómo unos ratones a los que se les había suministrado habían sobrevivido a una infección. El tratamiento era enormemente arriesgado, ya que los ensayos con prontosil hacía poco que habían comenzado y nadie sabía qué efectos podía tener en el organismo humano. Además, el colorante no parecía tener efecto alguno sobre las bacterias en los tubos de ensayo, lo que arrojaba dudas sobre los experimentos. Pero a Domagk le daba igual. A su hija no le quedaba alternativa y él iba a saltarse todas las normas.
Como forma de consuelo, no era la primera vez que alguien intentaba utilizar un colorante como fármaco. Paul Ehrlich ya había curado hacía décadas la enfermedad del sueño con rojo de trípano y algunos médicos alemanes llevaban tiempo sobre la pista del prontosil, habiendo llegado a curar con él a un bebé. Sin embargo, fuera de Alemania la mayoría de los facultativos e investigadores veían con  escepticismo estas prácticas, que en algunos ensayos habían provocado graves efectos secundarios, al margen de convertir a los sujetos de las pruebas en auténticos “pieles rojas”.
Al principio, Hildegard no mejoraba, pero después se recobró por completo, evitando la amputación. A los pocos días, el resultado del temerario tratamiento corrió como la pólvora, primero por Alemania y después por el mundo entero. Aunque Domagk no era médico, las infecciones se estaban cobrando tantas vidas que el mundo abrazó rápidamente las promesas del nuevo fármaco, de modo que los franceses del Instituto Pasteur tardaron poco en demostrar que el colorante se transformaba en el organismo en una molécula farmacológicamente activa, la sulfanilamida, lo cual explicaba por qué el prontosil no tenía efecto alguno sobre las bacterias en los ensayos de laboratorio “in vitro”, introduciendo de paso en la bioquímica el concepto crucial de “bioactivación”. Además de eludir la patente del prontosil en poder de la poderosa IG Farben (*), los franceses abrieron con ello la puerta al desarrollo de las sulfamidas, las primeras drogas de la historia verdaderamente eficaces contra las infecciones bacterianas, responsables del salvamento de millones de vidas, incluidas la de Winston Churchill y la de un hijo de Franklin Delano Roosevelt.
Tras el dramático episodio, y a pesar de haberse convertido de la noche a la mañana en una celebridad, a Domagk no le marcharon del todo bien las cosas. Los nazis, que abominaban del Premio Nobel por considerarlo el epítome de la “ciencia burguesa”, le obligaron a devolver el que le concedieron en 1939, no pudiendo recuperarlo hasta 1947. El temerario microbiólogo no quiso, o no pudo, salir de su país, donde a pesar de todo consiguió convencer a su fanático gobierno de que las sulfamidas podían evitar la gangrena a decenas de miles de soldados heridos en combate, algo que los aliados también comprendieron en seguida, haciendo que el fármaco fuese parte del botiquín de primeros auxilios de sus tropas.
Para cuando Domagk pudo recuperar el premio ya había amainado la fiebre de las sulfamidas,  cuyo uso indiscriminado como panacea para combatir cualquier tipo de problema de salud había desembocado en el desastre del “elixir sulfanilamida”, una mezcla del medicamento con anticongelante que se distribuyó en Estados Unidos, matando a más de 100 personas y desembocando en la famosa ley que da poder desde entonces a la FDA (y por mimetismo a las agencias gubernamentales de alimentación y medicamentos de medio mundo) para examinar todos los medicamentos antes de que puedan ser comercializados.
Por lo demás, el desarrollo de los antibióticos, mucho más eficaces para combatir las infecciones bacterianas, terminó con el breve reinado de las sulfamidas, que no obstante han seguido salvando innumerables vidas desde aquel lejano día en que un atormentado padre decidió someter a su hija a un tratamiento suicida.
¡Hasta pronto!
(*) La poderosa empresa química que fabricaba el colorante extendió de inmediato la patente del prontosil como fármaco, pero el descubrimiento de los franceses acabó con el que podía haber sido uno de los negocios más lucrativos de la historia.


Nota: Una adaptación de este artículo aparece dentro del texto del libro "El secreto de Prometeo y otras historias sobre la tabla periódica de los elementos", obra del autor.