miércoles, 16 de marzo de 2016

La "teoría" de la correlación de Orión

A la izquierda las estrellas del Cinturón. A la derecha las pirámides de Gizeh
 
 

La "teoría" de la correlación de Orión


En 1989, en la revista Discussions in Egyptology, el ingeniero Robert Bauval adelantaba por primera vez una hipótesis que en la década siguiente levantaría una gran polémica en el mundo de la arqueología.  Desarrollada ampliamente por Bauval y su amigo Alan Gilbert en el best seller The Orion Mystery, Unlocking the Secrets of the Pyramids ("El Misterio de Orión, descubriendo los secretos de las pirámides"), la llamada Teoría de la Correlación de Orión afirmaba la existencia de una relación directa entre el emplazamiento de las tres grandes pirámides de la meseta de Gizeh y la posición relativa de las tres estrellas principales del cinturón de Orión: Alnitak, Alnilam y Mintaka.
Según Bauval y Gilbert, los constructores de las pirámides intentaron deliberadamente  plasmar sobre la Tierra una imagen de las estrellas a las que el alma inmortal del faraón debía viajar. Para sustentar su teoría, los heterodoxos autores aportaban como prueba principal el evidente parecido visual entre la disposición de las pirámides respecto a la de las estrellas pero, siendo conscientes de algunas ligeras diferencias, aseguraron que la coincidencia perfecta se producía nada menos que en 10.500 a.C., momento en que según Bauval las tres estrellas estuvieron alineadas en relación a la Vía Láctea exactamente igual que las pirámides con respecto al Nilo. En su libro, el ingeniero especulaba con que pudo ser en esa época cuando se concibió el proyecto de las pirámides, que además formaría parte de un plan más ambicioso que prácticamente incluía a todas las principales construcciones del antiguo Egipto.
La "Teoría" de la Correlación de Orión alcanzó gran repercusión en 1994, cuando la BBC emitió el documental The Great Pyramid: Gateway to the Stars, pero fue casi unánimemente rechazada por los especialistas. Ciertamente Orión era una constelación bien conocida en el antiguo Egipto, que ya aparece mencionada en los Textos de las Pirámides con el nombre de Sha y que estaba relacionada con el dios Osiris, pero el problema no era únicamente la extravagante fecha propuesta por Bauval y Gilbert, sino el hecho de que la posición de las pirámides tiene otra explicación mucho mejor. Resulta que las pirámides están construidas a lo largo del borde de un acantilado que va del noreste al sudoeste y cada una de ellas está orientada hacia el norte, lo cual explica su disposición. Además, el trabajo del famoso egiptólogo Mark Lehner sugiere que la ligera compensación de la tercera pirámide (la de Micerinos) se debe a la alineación de las esquinas que miran al sudoeste con el borde del acantilado.
Esto no desvirtúa el hecho de que la orientación estelar era realmente importante para los constructores de la meseta de Gizeh. De hecho, las tres pirámides están orientadas hacia los puntos cardinales con mucha precisión, y cada vez hay más egiptólogos que aceptan que los llamados “canales de ventilación” de la Gran Pirámide, cuatro pequeños huecos de unos 20 cm que parten de las paredes de la Cámara del Rey y de la llamada “Cámara de la Reina”, apuntan directamente a las estrellas, algo que Bauval también señala como argumento a su favor.  En concreto, las pequeñas aberturas estarían alineadas con los puntos de culminación de las estrellas Sirio, Alnitak, Thuban (en la constelación del Dragón, la estrella más cercana al polo norte en la época del faraón Kéops) y Kochab, en la Osa Menor.
Pero el mayor inconveniente de la hipótesis de Bauval, por atractiva que resulte, es que para que la correlación encaje con cierta precisión (aunque no del todo, entre otras cosas porque no está clara cuál era la posición del Nilo hace doce mil años) tiene que retrasar el diseño de las pirámides hasta una fecha en la que no solo faltaban milenios para que la civilización egipcia apareciese, sino que el mundo se encontraba todavía en plena Edad de Piedra. Si los primitivos habitantes de la zona soñaron con construir las pirámides ya en 10.500 a.C., ¿cómo consiguieron mantener vivo el proyecto durante más de ocho mil años hasta que a los faraones les dio por ejecutarlo? Más probable parece que los arquitectos de la IV dinastía se congratulasen al comprobar que una vez terminadas las tres pirámides de la meseta, junto con todo el complejo que las rodea (no olvidemos las pequeñas pirámides, los templos y la esfinge) el conjunto guardaba cierto parecido con la disposición de uno de sus grupos favoritos de estrellas imperecederas. Esas a las que el faraón se marcharía una vez se viese obligado a abandonar la Tierra.
¡Hasta pronto!

sábado, 27 de febrero de 2016

Anclas atrapadas y hombres flotadores

Página del Konungs skuggsjá
 

Anclas atrapadas y hombres flotadores (*)


Pocas historias despiertan tanto interés y han sido objeto de tanta polémica como las que narran posibles avistamientos de objetos volantes no identificados en alguna época de nuestro lejano pasado. No obstante, si os da por investigar el asunto, andaos con ojo, ya que por internet circulan muchas referencias incorrectas, cuando no completamente falsas.
Sin embargo, una cuya autenticidad está fuera de duda es la que aparece en el capítulo XIII de la Otia Imperialia, la principal obra de Gervasio de Tilbury, en donde se relata un extraño incidente en el que se habría visto involucrada una nave aérea cuya ancla habría quedado atrapada. De acuerdo con el relato, el ocupante del barco que habría descendido para intentar liberar el ancla se habría asfixiado al respirar el aire de nuestra atmósfera. Por desgracia, y más allá de indicar que se produjo en un día festivo en Inglaterra, el autor no hace referencia ni al momento ni al lugar en el que se produjo el suceso. Sin embargo, otra versión de esta historia, que aparece en el Konungs skuggsjá (“Espejo del rey”), un texto educativo noruego de mediados de del siglo XIII, afirma que el incidente tuvo lugar en Irlanda, en un lugar identificado con las ruinas de la abadía de Clonmacnoise, en domingo. Allí, según el texto, la muchedumbre pudo observar atónita “…un barco con hombres a bordo flotando delante del cable del ancla…”, del cual descendió un hombre cuyos movimientos “…parecían los de un hombre nadando en el agua…” En esta versión la aventura termina felizmente,  ya que el obispo impide que los lugareños retengan al intruso, advirtiéndoles de que “…eso podría resultar fatal, como si a uno le mantuviesen bajo el agua…” Para no olvidar el prodigio, y al igual que se relata en el Otia imperialia, parece ser que los congregados se quedan con el ancla.
Pero sobre este curioso relato hay todavía una tercera versión, más antigua que las otras, que puede encontrarse en el Irish nennius, una de las versiones de la célebre Historia brittonum, escrita alrededor de 1100 y que tanta influencia tuvo en el desarrollo de las leyendas artúricas. En este caso, el evento habría tenido lugar en Teltown, también en Irlanda, y el principal testigo habría sido el rey Congalach, quien gobernó entre 944 y 956. Aquí no hay un ancla que se queda atrapada, sino un marinero que dispara un dardo contra un salmón desde el “barco volante”. Cuando uno de los ocupantes del navío baja a por el dardo, se encuentra con la oposición de un lugareño y se ve obligado a advertirle de que se está ahogando. Entonces el rey ordena que se le deje marchar, lo que el intruso hace nadando.
Parece probable que las versiones alemana y noruega de la historia, separadas por pocas décadas, se deriven de la primera versión británica, según la cual el suceso tuvo lugar en el siglo IX. En cualquier caso, todas ellas narran algo que habría tenido lugar cientos de años atrás, y difieren bastante en los detalles. Además, tanto el Konungs skuggsjá como la Otia Imperialia, sobre todo este último, recogen todo tipo de historias acerca de prodigios y otras maravillas, por lo que no conviene, ni mucho menos, tomarse las cosas al pie de la letra. De hecho, la obra de Tilbury, también conocida como el Libro de las maravillas del mundo, es una miscelánea enciclopédica que incluye desde apariciones de fantasmas a milagros, pasando por sirenas y hombres lobo, pues no en vano se trata de un libro destinado al entretenimiento del emperador Otón IV.
En cualquier caso, la verdadera relevancia de esta curiosa historia, que en muchos aspectos recuerda al célebre relato de Agobardo y los “magonianos”, es que muestra, una vez más, cómo la idea de la existencia de seres procedentes de “más allá de las nubes” estuvo presente en el imaginario de Occidente durante toda la Edad Media.
¡Hasta pronto!
(*) Esta entrada es un extracto de uno de los capítulos de nuestro próximo libro sobre la historia de la búsqueda de vida extraterrestre.

viernes, 12 de febrero de 2016

¿Mapas de los antíguos reyes del mar?


Portada del libro de Hapgood
 
 

¿Mapas de los antiguos reyes del mar?


 
En 1966, salía a la luz en los Estados Unidos un curioso libro firmado por Charles H. Hapgood, con el llamativo título Maps of the Ancient Sea Kings: Evidence of Advanced Civilization in the Ice Age (*) en el que este profesor universitario defendía que varios de los mapas más famosos de la historia, incluyendo, entre otros, los portulanos medievales, el mapa de 1531 de Oronce Finé,  el de 1559 de Hadji Ahmed,  el de De Caneiro de 1502, el de Zeno de 1308 y, sobre todo, el de Piri Reis de 1513, eran copia de uno o varios mapas perdidos de la época helenística que a su vez habrían estado inspirados en otros confeccionados por una civilización desaparecida al final de la Edad del Hielo, lo suficientemente avanzada como para cartografiar todo el planeta.
 
Hapgood basaba su hipótesis en que, según él, estos mapas mostraban, a menudo de forma distorsionada, detalles que no podían ser conocidos por los cartógrafos y exploradores de la época. Por ejemplo,  los mapas de Piri Reis, Oronce Finé y Zeno mostrarían las costas de la Antártida y de Groenlandia aparentemente libres de hielos, mientras que el de Ahmed señalaría detalles de la costa Oeste de Norteamérica completamente desconocidos por aquel entonces en Europa y en la zona del Mediterráneo. De igual forma, Hapgood argumentaba que la precisión alcanzada en la representación de las longitudes geográficas en los portulanos, en el mapa de De Caneiro y en el de Piri Reis, era sencillamente imposible sin ayuda de instrumentos sofisticados.
 
El heterodoxo profesor, que negaba la deriva continental, afirmaba que los polos habían sufrido un dramático desplazamiento de 15 grados hacia 9600 a.C. que habría terminado de golpe con la Edad de Hielo, acabando de paso con una civilización que pervivía en la memoria de los hombres con nombres como la Atlántida y Mú, y cuyas herederas habrían sido las primeras culturas de la historia. Fundamentaba además sus conclusiones en que los conocimientos de la época apoyaban que la Antártida y otras zonas polares habrían estado libres de hielos hace 10000 años y en que el análisis detallado de mapas como el de Piri Reis apuntaba a que habían sido confeccionados utilizando trigonometría esférica y utilizando como centro la ciudad de Alejandría.
 
Sin embargo, en los años que siguieron a la publicación del insólito best seller, casi todos los argumentos de Hapgood se vinieron abajo. Los estudios científicos demostraron, más allá de toda duda, que la Antártida nunca estuvo libre de hielos en una época tan tardía, que los supuestos conocimientos geográficos no pasaban de ser meras coincidencias, y que los análisis trigonométricos de Hapgood estaban sesgados para forzar la conclusión. De igual modo, la precisión (francamente chocante) en las longitudes de los portulanos era compatible con el trabajo cuidadoso y metódico de los cartógrafos y marineros de la época.
 
Hapgood, por lo demás un buen académico que dio clases de historia, antropología y economía, continuó toda su vida enganchado a las pseudociencias. Apoyó las fraudulentas figuras de Acambaro (en las que se muestra a los hombres manejando tecnología punta y conviviendo con dinosaurios) como auténticas, y trabajó con el médium Elwood Babbit, quien decía contactar con Jesús, Marc Twain y Vishnú. Sin embargo, su trabajo no cayó en saco roto. Maps of the Ancient Sea Kings se convirtió por derecho propio en una de las obras más emblemáticas de la pseudociencia del siglo XX, una cuyos argumentos y conclusiones han sido repetidos hasta la saciedad en libros, artículos y páginas web a lo largo y ancho del planeta durante los últimos cincuenta años.

¡Hasta pronto!
 
(*) Para aquellos que estéis interesados en echarle un vistazo a este más que curioso libro, se puede adquirir en internet en la edición revisada de 1997 de Adventure Unlimited (en inglés).

viernes, 29 de enero de 2016

El segundo ataúd de la serie. Foto cortesía del Human Provincial Museum

La momia a la que le hicieron la autopsia


En 1971, los trabajadores chinos que cavaban un refugio antiaéreo en la región de Changsha se toparon con un gigantesco mausoleo de la época de los Han (190-168 a.C.), en el que los arqueólogos encontraron los restos del gobernador de Dai y de los miembros de su familia. El recinto estaba repleto de hermosos objetos que delataban la privilegiada posición social de sus ocupantes y que ampliaban nuestros conocimientos sobre la dinastía de los Han de una forma totalmente inesperada, pero nada llamó más la atención de los investigadores que la extraordinaria tumba de Xin Zhui, la esposa del gobernador.
A doce metros de profundidad, dentro del último de cuatro ataúdes rectangulares de madera sellados con laca, colocados uno dentro de otro a la manera de las muñecas rusas y enterrados bajo varias capas de carbón y de arcilla blanca, se encontraba el cuerpo embalsamado de la dama Dai, envuelto en veinte capas de tejido unidas por cintas de seda. Pero lo que allí había no era un esqueleto, ni siquiera una momia normal. Se trataba de un fantasmal cadáver que mantenía la piel elástica y húmeda, músculos casi intactos que permitían flexionar los brazos y las piernas por las articulaciones, y ¡abundantes restos de sangre todavía en las venas! Tan increíble era el estado de conservación de Xin Zhui que fue posible hacerle la autopsia, comprobándose con asombro que el estado de su cuerpo se correspondía casi con el de una persona que acababa de morir. Todos sus órganos estaban virtualmente intactos, y se encontraron semillas de melón dentro de su aparato digestivo. Como consecuencia de la autopsia, los forenses descubrieron que la mujer había fallecido con 50 años como consecuencia de un ataque al corazón, y que sufría del hígado, tenía diabetes, hipertensión, obesidad, cálculos biliares y un elevado nivel de colesterol.
¿Cómo pudieron los antiguos chinos conseguir un grado de conservación semejante, muy superior a lo mejor que pudieron ofrecer los mismísimos egipcios? Además del envoltorio de seda, el cuerpo había estado sumergido en una misteriosa disolución que contenía magnesio, ligeramente ácida y probablemente capaz de esterilizar en parte la piel y las mucosas del cadáver, aunque es improbable que por sí sola pudiese mantener el cuerpo sin pudrirse durante tanto tiempo. Los ataúdes habían sido colocados en una bóveda en forma de embudo forrada de arcilla, rodeados de cinco toneladas de carbón que absorbían la humedad. La tumba se encontraba doce metros bajo tierra, recubierta de más de medio metro de arcilla y capas adicionales de tierra apisonada. De esta forma, mientras que el cuerpo se mantenía en un ambiente húmedo, ni el aire ni el agua podían filtrarse desde el exterior. Quizá por ello, las bacterias capaces de soportar la acidez de la disolución salina no habían sobrevivido mucho tiempo a la falta de oxígeno y, por tanto, el cuerpo se mantuvo prácticamente intacto durante milenios.
El descubrimiento de la increíble momia de Xin Zhui, uno de los más importantes de todo el siglo XX, no solo enseñó al mundo que también los antiguos chinos sabían conservar cadáveres, sino que también ha servido para mejorar lo que sabemos de cómo cuidar las momias. Por ejemplo, en 2003 los científicos introdujeron una solución especial en los vasos sanguíneos de la dama Dai con objeto de ayudar a preservarla, y desde entonces continúan con sus experimentos. Con el tiempo, los arqueólogos han encontrado otros cuerpos de la misma época conservados de la misma forma y con los mismos métodos, con resultados igual de impresionantes. Pero la verdad es que, a día de hoy, nadie sabe a ciencia cierta cómo las técnicas utilizadas en la China de los Han pudieron garantizar que algunos ricos dignatarios y sus familias pudieran acercarse tanto a su propio concepto de la inmortalidad.
¡Hasta pronto!
Nota- Una versión de este artículo aparece en el texto del libro "La ciencia de la inmortalidad", obra del autor.

viernes, 15 de enero de 2016

El ingeniero ocultista detrás del programa espacial


John Whiteside Parsons, más conocido como "Jack"

El ingeniero ocultista detrás del programa espacial


Que la realidad supera a la ficción es una gran verdad que ha sido repetida muchas veces. Que la exploración espacial está llena de aventuras asombrosas también. Pero de entre todas las historias que jalonan el camino de los hombres por acercarse a las estrellas, ninguna tan increíble como la de Jack Parsons, el ingeniero aeroespacial que se convirtió en uno de los ocultistas más célebres de todo el siglo XX.
Parsons fue un auténtico genio de la propulsión de los cohetes, siendo pionero en el desarrollo tanto de combustibles sólidos como líquidos. Nacido en 1914, tuvo una infancia difícil, pero pronto desarrolló un gran interés por la cohetería. Junto con su amigo Edward Forman, experimentó durante su adolescencia con los combustibles, llegando a mantener correspondencia con los mayores expertos de la época, incluidos Willy Ley y el célebre Werner Von Braun. En 1936, junto con un grupo de graduados del CALTECH, comenzó a desarrollar combustibles en una serie de peligrosos experimentos que les valió el título de “escuadrón suicida”. Su proyecto atrajo el interés del ejército, que en 1939 comenzó a financiarlo porque lo veía útil para facilitar el despegue de los aviones. Tras vencer muchas dificultades, Parsons y sus colegas tuvieron éxito y en 1942 fundaron la compañía Aerojet, que a partir de Noviembre de 1943 se convirtió en el célebre Jet Propulsion Laboratory de Pasadena.
Sin embargo, esta lumbrera de la ingeniería aeroespacial tenía un lado oscuro pues, por increíble que pueda parecer, mientras desarrollaba tecnología de vanguardia se sumergía al mismo tiempo en el ocultismo más profundo. Al parecer, su interés por la materia se despertó durante la adolescencia, pero no fue hasta 1939, después de un cierto flirteo con el comunismo, cuando se echó en brazos del Thelema, el movimiento religioso fundado por el siniestro ocultista inglés Aleister Crowley, definido por la prensa como “el hombre más malvado del mundo”. El polifacético Parsons creía que la magia podía ser explicada en términos de la física cuántica, y progresó rápidamente en el escalafón de la Agape Lodge, la rama californiana de la Ordo Templi Orientis, hasta convertirse en su líder y mano derecha de Crowley.  Parsons, que también había metido a su mujer en el ajo, terminó liándose con su cuñada de 17 años y formando una comuna sectaria, donde las orgías sexuales bañadas en todo tipo de drogas se sucedían noche tras noche.
Las escandalosas actividades de Parsons comenzaron a pasarle factura, con la policía y el FBI recibiendo denuncias del vecindario por practicar la magia negra, y el Jet Propulsion Laboratory terminó echándolo a la calle. El genial ingeniero fundó entonces otras compañías que también fueron investigadas por el FBI, en este caso por un supuesto delito de espionaje. Mientras tanto, por la comuna empezaron a desfilar todo tipo de personajes, incluyendo a L.Ron Hubbard, el futuro fundador de la Iglesia de la Cienciología, que acabó largándose con el dinero de Parsons y con su cuñada. Durante este periodo, el ingeniero metido a ocultista empezó a perder la cabeza, informando de que en su casa acaecían sucesos paranormales, incluyendo poltergeist y apariciones fantasmales, mientras continuaba sus rituales sexuales con otras mujeres. Finalmente, harto de sus correligionarios vendió sus propiedades y se dio de baja de la orden.
En 1946, Parsons obtuvo un empleo en el programa de misiles Navaho y volvió a casarse, siguiendo con sus actividades ocultistas y trabajando también como experto en explosivos para la policía y los tribunales. Sin embargo, al comenzar la Guerra Fría sus antiguas simpatías hacia el comunismo y su mala fama le impidieron continuar con su carrera científica en los Estados Unidos. En 1950, decidió emigrar a Israel para trabajar en el programa de cohetes de aquel país, pero fue acusado de espionaje. Finalmente, se dedicó a fabricar explosivos y pirotecnia hasta que murió en 1952, con solo 37 años, por causa de una explosión en su laboratorio. Aunque oficialmente fue un accidente, algunos dicen que se suicidó y otros que lo asesinaron, existiendo incluso una versión que afirma que falleció durante una ceremonia en la que intentaba fabricar un homúnculo. Sus seguidores llegaron a decir que su muerte provocó varias oleadas de OVNIs.
Así acabó la increíble historia del que fue una vez definido como “el hombre que más contribuyó a la ciencia de los cohetes”, recordado como una de las figuras más emblemáticas de todo el programa espacial. En 1972, y en reconocimiento a sus muchos méritos, la Unión Astronómica Internacional le puso su nombre a un cráter de la cara oculta de la Luna. Sin duda, un homenaje muy apropiado para el extraño ingeniero ocultista que fundó el legendario Jet Propulsion Laboratory de Pasadena, ese que se encarga de construir y operar los robots que se pasean por otros planetas.
¡Hasta pronto!

Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

viernes, 11 de diciembre de 2015

Cuando la química puso patas arriba el arte


Cristo con la adúltera, el cuadro que casi le cuesta la horca a Van Meegeren


Cuando la química puso patas arriba el arte


Han Van Meegeren siempre se sintió incomprendido por sus padres. Él quería ser artista y su padre no le apoyaba. Sin embargo, en la escuela conoció a un profesor que también era pintor, que le mostró las maravillosas obras de Johannes Vermeer, y que le habló de los hermosos colores que utilizaban aquellos artistas de la llamada Edad de Oro neerlandesa.  Quizá por eso, el joven Han desarrolló cierta animadversión por el impresionismo que dominaba la escena artística a principios del siglo XX. Era bueno en arquitectura, dibujo y pintura, y tras casarse consiguió un trabajo de profesor de dibujo. Para completar sus ingresos, dibujaba carteles e ilustraciones, y pintaba bellos retratos que impresionaban por su parecido con las técnicas de los viejos maestros. Quizás por capricho, e influido por falsificadores como Theo van Wijngaarden, el bueno de Meegeren empezó también a pintar imitaciones.
Pero hacia 1928, tras separarse y volverse a casar, se encontró con la oposición creciente de la crítica, que le consideraba falto de originalidad, en un tiempo en el que el cubismo y el surrealismo campaban a sus anchas. Entonces, Han se enfadó y decidió demostrar al mundo que el no solo los imitaba, sino que podía pintar mejor que Vermeer y compañía. Así, en 1932 comenzó a prepararse para la falsificación perfecta. Compró lienzos auténticos del siglo XVII y, utilizando materiales como el lapislázuli (silicato de alúmina, cal y sosa, de color azul intenso), el albayalde (carbonato de plomo, blanco) o el cinabrio (sulfuro de mercurio, de tono rojo oscuro), preparó sus colores mediante las antiguas fórmulas que había estudiado. Usaba pinceles similares a los de los maestros holandeses  y, una vez terminadas, calentaba las pinturas al horno y las sometía a tratamientos químicos que las envejecían. Después las enrollaba para aumentar las grietas y las bañaba en tinta china.
Tras varios años perfeccionando sus métodos, el intrépido falsificador se lanzó a conquistar el  mercado. Sus trabajos incluían imitaciones perfectas de los mejores maestros clásicos flamencos, tales como Vermeer,  Frans Hals, Pieter de Hooch y Gerard ter Borch. En 1936, pintó Los discípulos de Emaus, consiguiendo que un famoso experto de arte lo aceptase como un original perdido de Vermeer. A continuación el cuadro fue vendido a la Rembrandt Society por el equivalente a varios millones de dólares de hoy, y llegó a ser orgullosamente exhibido en varias exposiciones. Con el dinero recaudado, Han se compró una mansión cerca de Niza, pero al comenzar la Segunda Guerra Mundial regresó a Holanda, donde amasó una inmensa fortuna con sus maravillosas falsificaciones. En 1942, y a pesar de haber entrado en decadencia a causa de sus adicciones, le colocó un Vermeer falsificado a un comerciante de arte quien, a su vez, se lo vendió a uno de los jerarcas nazis, Hermann Göring. Este lo ocultó, junto con muchas otras obras de arte robadas por él y por sus colegas, en una vieja mina de sal, lo que, a la postre, resultó ser fatal para el viejo estafador. Cuando al final de la guerra los aliados se incautaron del tesoro expoliado, siguieron la pista del “Vermeer” y detuvieron a Han, acusándole de colaboracionista y saqueador de la propiedad cultural holandesa, algo que podía llevarle a la horca. Ante semejante panorama, a Van Meegeren no le quedó otra que confesar. Al principio no le creyeron, pero cuando pidió que le llevaran a la celda un lienzo y comenzó a duplicar el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores, sus captores cambiaron de opinión. Durante el juicio, los expertos fueron capaces de encontrar en las pinturas restos de algunos agentes químicos que no existían trescientos años atrás, notablemente la resina de formaldehido, con lo que consiguieron demostrar el engaño. El gran estafador fue condenado a un año de prisión, aunque falleció de un infarto a finales de 1947, por lo que nunca llegó a cumplir la condena.
Tan impresionantes eran las falsificaciones de Van Meegeren, que durante décadas ha existido cierta polémica acerca de si algunas no serían en realidad auténticas obras de Vermeer. El que sin duda llegó a ser el mejor falsificador de todo el siglo XX, obligó a los expertos del mundo del arte a echarse en brazos de los químicos con objeto de poder discriminar la autenticidad de las pinturas, marcando un antes y un después de las obras de este gran embaucador, que convirtió la imitación en un arte y condujo a la química a un papel protagonista en la peritación. A los expertos, la lección les sirvió para comprobar que cerca del 40% de las pinturas que circulan por el mundo son falsas. A él, sin embargo, le quedo un consuelo. Después de todo, había demostrado que pintaba tan bien como el legendario Vermeer (*)
¡Hasta pronto!
(*) A fecha de hoy, los cuadros de Van Meegelen que se encuentran en el Rijksmuseum de Amsterdam reciben tantas visitas como los auténticos.

Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

sábado, 21 de noviembre de 2015

El extraño grabado de un cometa renacentista

El grabado de la página 494 del Chronicon

El extraño grabado de un cometa renacentista


En 1557, el humanista alsaciano Conrad Lycosthenes publicaba su Prodigiorum ac ostentorum chronicon(*), uno de los libros de maravillas más famosos de todo el Renacimiento. Demostrando un conocimiento enciclopédico sobre todo tipo de curiosidades, Lycosthenes ilustró su obra con infinidad de hermosos grabados, que se extienden a lo largo de un texto repleto de prodigios, donde seres monstruosos se dan la mano con supuestos sucesos extraordinarios acaecidos desde la antigüedad. Entre ellos, se cuentan numerosos fenómenos en el cielo, incluyendo cometas, soles dobles o triples, eclipses, parhelios, cruces luminosas, columnas de fuego, e incluso “batallas” entre ejércitos de las nubes. Lycosthenes consultaba todas las fuentes disponibles, ya fuesen las Sagradas Escrituras o los panfletos de la época, y por eso la mayor parte del contenido del libro carece de credibilidad.
De entre todos los sucesos descritos en el libro, quizá el más curioso sea el que aparece en la página 494, en la que se relata como en Arabia, en 1479, se pudo observar “un cometa en forma de haz agudísimo, y como con diversos puntos distintos”, en el que podía verse “una guadaña”. La peculiaridad no está tanto en el texto en latín como en el grabado que lo acompaña, que muestra un extraño objeto parecido a la punta de un cohete o a un proyectil dividido en dos mitades, con la parte inferior sombreada y cubierta de pequeños círculos, además de la “guadaña”. Así, el cometa tiene toda la pinta de un objeto artificial, en lo que constituye una representación única y muy alejada de la que el autor utiliza habitualmente en el resto del libro para describir este tipo de fenómenos, que siempre son dibujados como estrellas con la típica cola o, en su defecto, como bolas llameantes.
¿Es el extraño grabado de la página 494 del Chronicon la representación de una nave aérea en pleno siglo XVI, tal y como muchos partidarios de que nos han visitado los extraterrestres sugieren? Casi seguro que no. Tal y como el propio escritor afirma, la imagen representa tan solo un cometa (o quizá un meteorito), por lo que la semejanza con un cohete o un proyectil no sería más que otra paraeidolia. Además, se trata de un libro que está atiborrado de sucesos distorsionados o simplemente inexistentes. En la época en la que vivió Lycosthenes, Europa seguía siendo un lugar dominado por la superstición, en el que las noticias de los nuevos descubrimientos geográficos, adornados con la descripción de lugares maravillosos y animales fabulosos hacían que se disparase la imaginación de la gente. Los editores renacentistas, que lo sabían perfectamente, aprovechaban las nuevas técnicas de impresión para ilustrar los textos con figuras espectaculares de seres imposibles y señales prodigiosas, que invariablemente iban seguidas de calamidades expuestas con todo lujo de detalles.
Entonces, ¿hubo, o no, algo inusual en los cielos de Arabia en 1479? Es difícil de decir, sobre todo teniendo en cuenta que el texto señala una supuesta observación que habría tenido lugar casi cien años antes de la edición del libro y a miles de kilómetros de distancia. Además, no se conserva ninguna referencia independiente de este fenómeno, por lo que resulta imposible comprobar qué parte del dibujo representa la descripción que pudiesen haber proporcionado los testigos y qué parte es de la propia cosecha del autor. Por este motivo, el “cohete de Lycosthenes” ha quedado, tal vez para siempre, como un curioso ejemplo de la imaginación de las gentes del Renacimiento a la hora de representar lo que con toda probabilidad no sea más que un simple cometa.
¡Hasta la semana que viene!
(*) Lykosthenes, K.: Prodigiorum ac ostentorum chronicon quae praeter naturae ordinem, motum, et operationem, et in superioribus & his inferioribus mundi regionibus, ab exordio mundi usque ad haec nostra tempora, acciderunt. Ed. H. Petrl. Basilea, 1557.

Nota- Una adaptación de este artículo aparecerá en el texto del próximo libro del autor: "Los vikingos de Marte y otras historias sobre la búsqueda de vida extraterrestre".