viernes, 29 de enero de 2016

El segundo ataúd de la serie. Foto cortesía del Human Provincial Museum

La momia a la que le hicieron la autopsia


En 1971, los trabajadores chinos que cavaban un refugio antiaéreo en la región de Changsha se toparon con un gigantesco mausoleo de la época de los Han (190-168 a.C.), en el que los arqueólogos encontraron los restos del gobernador de Dai y de los miembros de su familia. El recinto estaba repleto de hermosos objetos que delataban la privilegiada posición social de sus ocupantes y que ampliaban nuestros conocimientos sobre la dinastía de los Han de una forma totalmente inesperada, pero nada llamó más la atención de los investigadores que la extraordinaria tumba de Xin Zhui, la esposa del gobernador.
A doce metros de profundidad, dentro del último de cuatro ataúdes rectangulares de madera sellados con laca, colocados uno dentro de otro a la manera de las muñecas rusas y enterrados bajo varias capas de carbón y de arcilla blanca, se encontraba el cuerpo embalsamado de la dama Dai, envuelto en veinte capas de tejido unidas por cintas de seda. Pero lo que allí había no era un esqueleto, ni siquiera una momia normal. Se trataba de un fantasmal cadáver que mantenía la piel elástica y húmeda, músculos casi intactos que permitían flexionar los brazos y las piernas por las articulaciones, y ¡abundantes restos de sangre todavía en las venas! Tan increíble era el estado de conservación de Xin Zhui que fue posible hacerle la autopsia, comprobándose con asombro que el estado de su cuerpo se correspondía casi con el de una persona que acababa de morir. Todos sus órganos estaban virtualmente intactos, y se encontraron semillas de melón dentro de su aparato digestivo. Como consecuencia de la autopsia, los forenses descubrieron que la mujer había fallecido con 50 años como consecuencia de un ataque al corazón, y que sufría del hígado, tenía diabetes, hipertensión, obesidad, cálculos biliares y un elevado nivel de colesterol.
¿Cómo pudieron los antiguos chinos conseguir un grado de conservación semejante, muy superior a lo mejor que pudieron ofrecer los mismísimos egipcios? Además del envoltorio de seda, el cuerpo había estado sumergido en una misteriosa disolución que contenía magnesio, ligeramente ácida y probablemente capaz de esterilizar en parte la piel y las mucosas del cadáver, aunque es improbable que por sí sola pudiese mantener el cuerpo sin pudrirse durante tanto tiempo. Los ataúdes habían sido colocados en una bóveda en forma de embudo forrada de arcilla, rodeados de cinco toneladas de carbón que absorbían la humedad. La tumba se encontraba doce metros bajo tierra, recubierta de más de medio metro de arcilla y capas adicionales de tierra apisonada. De esta forma, mientras que el cuerpo se mantenía en un ambiente húmedo, ni el aire ni el agua podían filtrarse desde el exterior. Quizá por ello, las bacterias capaces de soportar la acidez de la disolución salina no habían sobrevivido mucho tiempo a la falta de oxígeno y, por tanto, el cuerpo se mantuvo prácticamente intacto durante milenios.
El descubrimiento de la increíble momia de Xin Zhui, uno de los más importantes de todo el siglo XX, no solo enseñó al mundo que también los antiguos chinos sabían conservar cadáveres, sino que también ha servido para mejorar lo que sabemos de cómo cuidar las momias. Por ejemplo, en 2003 los científicos introdujeron una solución especial en los vasos sanguíneos de la dama Dai con objeto de ayudar a preservarla, y desde entonces continúan con sus experimentos. Con el tiempo, los arqueólogos han encontrado otros cuerpos de la misma época conservados de la misma forma y con los mismos métodos, con resultados igual de impresionantes. Pero la verdad es que, a día de hoy, nadie sabe a ciencia cierta cómo las técnicas utilizadas en la China de los Han pudieron garantizar que algunos ricos dignatarios y sus familias pudieran acercarse tanto a su propio concepto de la inmortalidad.
¡Hasta pronto!
Nota- Una versión de este artículo aparece en el texto del libro "La ciencia de la inmortalidad", obra del autor.

viernes, 15 de enero de 2016

El ingeniero ocultista detrás del programa espacial


John Whiteside Parsons, más conocido como "Jack"

El ingeniero ocultista detrás del programa espacial


Que la realidad supera a la ficción es una gran verdad que ha sido repetida muchas veces. Que la exploración espacial está llena de aventuras asombrosas también. Pero de entre todas las historias que jalonan el camino de los hombres por acercarse a las estrellas, ninguna tan increíble como la de Jack Parsons, el ingeniero aeroespacial que se convirtió en uno de los ocultistas más célebres de todo el siglo XX.
Parsons fue un auténtico genio de la propulsión de los cohetes, siendo pionero en el desarrollo tanto de combustibles sólidos como líquidos. Nacido en 1914, tuvo una infancia difícil, pero pronto desarrolló un gran interés por la cohetería. Junto con su amigo Edward Forman, experimentó durante su adolescencia con los combustibles, llegando a mantener correspondencia con los mayores expertos de la época, incluidos Willy Ley y el célebre Werner Von Braun. En 1936, junto con un grupo de graduados del CALTECH, comenzó a desarrollar combustibles en una serie de peligrosos experimentos que les valió el título de “escuadrón suicida”. Su proyecto atrajo el interés del ejército, que en 1939 comenzó a financiarlo porque lo veía útil para facilitar el despegue de los aviones. Tras vencer muchas dificultades, Parsons y sus colegas tuvieron éxito y en 1942 fundaron la compañía Aerojet, que a partir de Noviembre de 1943 se convirtió en el célebre Jet Propulsion Laboratory de Pasadena.
Sin embargo, esta lumbrera de la ingeniería aeroespacial tenía un lado oscuro pues, por increíble que pueda parecer, mientras desarrollaba tecnología de vanguardia se sumergía al mismo tiempo en el ocultismo más profundo. Al parecer, su interés por la materia se despertó durante la adolescencia, pero no fue hasta 1939, después de un cierto flirteo con el comunismo, cuando se echó en brazos del Thelema, el movimiento religioso fundado por el siniestro ocultista inglés Aleister Crowley, definido por la prensa como “el hombre más malvado del mundo”. El polifacético Parsons creía que la magia podía ser explicada en términos de la física cuántica, y progresó rápidamente en el escalafón de la Agape Lodge, la rama californiana de la Ordo Templi Orientis, hasta convertirse en su líder y mano derecha de Crowley.  Parsons, que también había metido a su mujer en el ajo, terminó liándose con su cuñada de 17 años y formando una comuna sectaria, donde las orgías sexuales bañadas en todo tipo de drogas se sucedían noche tras noche.
Las escandalosas actividades de Parsons comenzaron a pasarle factura, con la policía y el FBI recibiendo denuncias del vecindario por practicar la magia negra, y el Jet Propulsion Laboratory terminó echándolo a la calle. El genial ingeniero fundó entonces otras compañías que también fueron investigadas por el FBI, en este caso por un supuesto delito de espionaje. Mientras tanto, por la comuna empezaron a desfilar todo tipo de personajes, incluyendo a L.Ron Hubbard, el futuro fundador de la Iglesia de la Cienciología, que acabó largándose con el dinero de Parsons y con su cuñada. Durante este periodo, el ingeniero metido a ocultista empezó a perder la cabeza, informando de que en su casa acaecían sucesos paranormales, incluyendo poltergeist y apariciones fantasmales, mientras continuaba sus rituales sexuales con otras mujeres. Finalmente, harto de sus correligionarios vendió sus propiedades y se dio de baja de la orden.
En 1946, Parsons obtuvo un empleo en el programa de misiles Navaho y volvió a casarse, siguiendo con sus actividades ocultistas y trabajando también como experto en explosivos para la policía y los tribunales. Sin embargo, al comenzar la Guerra Fría sus antiguas simpatías hacia el comunismo y su mala fama le impidieron continuar con su carrera científica en los Estados Unidos. En 1950, decidió emigrar a Israel para trabajar en el programa de cohetes de aquel país, pero fue acusado de espionaje. Finalmente, se dedicó a fabricar explosivos y pirotecnia hasta que murió en 1952, con solo 37 años, por causa de una explosión en su laboratorio. Aunque oficialmente fue un accidente, algunos dicen que se suicidó y otros que lo asesinaron, existiendo incluso una versión que afirma que falleció durante una ceremonia en la que intentaba fabricar un homúnculo. Sus seguidores llegaron a decir que su muerte provocó varias oleadas de OVNIs.
Así acabó la increíble historia del que fue una vez definido como “el hombre que más contribuyó a la ciencia de los cohetes”, recordado como una de las figuras más emblemáticas de todo el programa espacial. En 1972, y en reconocimiento a sus muchos méritos, la Unión Astronómica Internacional le puso su nombre a un cráter de la cara oculta de la Luna. Sin duda, un homenaje muy apropiado para el extraño ingeniero ocultista que fundó el legendario Jet Propulsion Laboratory de Pasadena, ese que se encarga de construir y operar los robots que se pasean por otros planetas.
¡Hasta pronto!

Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

viernes, 11 de diciembre de 2015

Cuando la química puso patas arriba el arte


Cristo con la adúltera, el cuadro que casi le cuesta la horca a Van Meegeren


Cuando la química puso patas arriba el arte


Han Van Meegeren siempre se sintió incomprendido por sus padres. Él quería ser artista y su padre no le apoyaba. Sin embargo, en la escuela conoció a un profesor que también era pintor, que le mostró las maravillosas obras de Johannes Vermeer, y que le habló de los hermosos colores que utilizaban aquellos artistas de la llamada Edad de Oro neerlandesa.  Quizá por eso, el joven Han desarrolló cierta animadversión por el impresionismo que dominaba la escena artística a principios del siglo XX. Era bueno en arquitectura, dibujo y pintura, y tras casarse consiguió un trabajo de profesor de dibujo. Para completar sus ingresos, dibujaba carteles e ilustraciones, y pintaba bellos retratos que impresionaban por su parecido con las técnicas de los viejos maestros. Quizás por capricho, e influido por falsificadores como Theo van Wijngaarden, el bueno de Meegeren empezó también a pintar imitaciones.
Pero hacia 1928, tras separarse y volverse a casar, se encontró con la oposición creciente de la crítica, que le consideraba falto de originalidad, en un tiempo en el que el cubismo y el surrealismo campaban a sus anchas. Entonces, Han se enfadó y decidió demostrar al mundo que el no solo los imitaba, sino que podía pintar mejor que Vermeer y compañía. Así, en 1932 comenzó a prepararse para la falsificación perfecta. Compró lienzos auténticos del siglo XVII y, utilizando materiales como el lapislázuli (silicato de alúmina, cal y sosa, de color azul intenso), el albayalde (carbonato de plomo, blanco) o el cinabrio (sulfuro de mercurio, de tono rojo oscuro), preparó sus colores mediante las antiguas fórmulas que había estudiado. Usaba pinceles similares a los de los maestros holandeses  y, una vez terminadas, calentaba las pinturas al horno y las sometía a tratamientos químicos que las envejecían. Después las enrollaba para aumentar las grietas y las bañaba en tinta china.
Tras varios años perfeccionando sus métodos, el intrépido falsificador se lanzó a conquistar el  mercado. Sus trabajos incluían imitaciones perfectas de los mejores maestros clásicos flamencos, tales como Vermeer,  Frans Hals, Pieter de Hooch y Gerard ter Borch. En 1936, pintó Los discípulos de Emaus, consiguiendo que un famoso experto de arte lo aceptase como un original perdido de Vermeer. A continuación el cuadro fue vendido a la Rembrandt Society por el equivalente a varios millones de dólares de hoy, y llegó a ser orgullosamente exhibido en varias exposiciones. Con el dinero recaudado, Han se compró una mansión cerca de Niza, pero al comenzar la Segunda Guerra Mundial regresó a Holanda, donde amasó una inmensa fortuna con sus maravillosas falsificaciones. En 1942, y a pesar de haber entrado en decadencia a causa de sus adicciones, le colocó un Vermeer falsificado a un comerciante de arte quien, a su vez, se lo vendió a uno de los jerarcas nazis, Hermann Göring. Este lo ocultó, junto con muchas otras obras de arte robadas por él y por sus colegas, en una vieja mina de sal, lo que, a la postre, resultó ser fatal para el viejo estafador. Cuando al final de la guerra los aliados se incautaron del tesoro expoliado, siguieron la pista del “Vermeer” y detuvieron a Han, acusándole de colaboracionista y saqueador de la propiedad cultural holandesa, algo que podía llevarle a la horca. Ante semejante panorama, a Van Meegeren no le quedó otra que confesar. Al principio no le creyeron, pero cuando pidió que le llevaran a la celda un lienzo y comenzó a duplicar el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores, sus captores cambiaron de opinión. Durante el juicio, los expertos fueron capaces de encontrar en las pinturas restos de algunos agentes químicos que no existían trescientos años atrás, notablemente la resina de formaldehido, con lo que consiguieron demostrar el engaño. El gran estafador fue condenado a un año de prisión, aunque falleció de un infarto a finales de 1947, por lo que nunca llegó a cumplir la condena.
Tan impresionantes eran las falsificaciones de Van Meegeren, que durante décadas ha existido cierta polémica acerca de si algunas no serían en realidad auténticas obras de Vermeer. El que sin duda llegó a ser el mejor falsificador de todo el siglo XX, obligó a los expertos del mundo del arte a echarse en brazos de los químicos con objeto de poder discriminar la autenticidad de las pinturas, marcando un antes y un después de las obras de este gran embaucador, que convirtió la imitación en un arte y condujo a la química a un papel protagonista en la peritación. A los expertos, la lección les sirvió para comprobar que cerca del 40% de las pinturas que circulan por el mundo son falsas. A él, sin embargo, le quedo un consuelo. Después de todo, había demostrado que pintaba tan bien como el legendario Vermeer (*)
¡Hasta pronto!
(*) A fecha de hoy, los cuadros de Van Meegelen que se encuentran en el Rijksmuseum de Amsterdam reciben tantas visitas como los auténticos.

Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

sábado, 21 de noviembre de 2015

El extraño grabado de un cometa renacentista

El grabado de la página 494 del Chronicon

El extraño grabado de un cometa renacentista


En 1557, el humanista alsaciano Conrad Lycosthenes publicaba su Prodigiorum ac ostentorum chronicon(*), uno de los libros de maravillas más famosos de todo el Renacimiento. Demostrando un conocimiento enciclopédico sobre todo tipo de curiosidades, Lycosthenes ilustró su obra con infinidad de hermosos grabados, que se extienden a lo largo de un texto repleto de prodigios, donde seres monstruosos se dan la mano con supuestos sucesos extraordinarios acaecidos desde la antigüedad. Entre ellos, se cuentan numerosos fenómenos en el cielo, incluyendo cometas, soles dobles o triples, eclipses, parhelios, cruces luminosas, columnas de fuego, e incluso “batallas” entre ejércitos de las nubes. Lycosthenes consultaba todas las fuentes disponibles, ya fuesen las Sagradas Escrituras o los panfletos de la época, y por eso la mayor parte del contenido del libro carece de credibilidad.
De entre todos los sucesos descritos en el libro, quizá el más curioso sea el que aparece en la página 494, en la que se relata como en Arabia, en 1479, se pudo observar “un cometa en forma de haz agudísimo, y como con diversos puntos distintos”, en el que podía verse “una guadaña”. La peculiaridad no está tanto en el texto en latín como en el grabado que lo acompaña, que muestra un extraño objeto parecido a la punta de un cohete o a un proyectil dividido en dos mitades, con la parte inferior sombreada y cubierta de pequeños círculos, además de la “guadaña”. Así, el cometa tiene toda la pinta de un objeto artificial, en lo que constituye una representación única y muy alejada de la que el autor utiliza habitualmente en el resto del libro para describir este tipo de fenómenos, que siempre son dibujados como estrellas con la típica cola o, en su defecto, como bolas llameantes.
¿Es el extraño grabado de la página 494 del Chronicon la representación de una nave aérea en pleno siglo XVI, tal y como muchos partidarios de que nos han visitado los extraterrestres sugieren? Casi seguro que no. Tal y como el propio escritor afirma, la imagen representa tan solo un cometa (o quizá un meteorito), por lo que la semejanza con un cohete o un proyectil no sería más que otra paraeidolia. Además, se trata de un libro que está atiborrado de sucesos distorsionados o simplemente inexistentes. En la época en la que vivió Lycosthenes, Europa seguía siendo un lugar dominado por la superstición, en el que las noticias de los nuevos descubrimientos geográficos, adornados con la descripción de lugares maravillosos y animales fabulosos hacían que se disparase la imaginación de la gente. Los editores renacentistas, que lo sabían perfectamente, aprovechaban las nuevas técnicas de impresión para ilustrar los textos con figuras espectaculares de seres imposibles y señales prodigiosas, que invariablemente iban seguidas de calamidades expuestas con todo lujo de detalles.
Entonces, ¿hubo, o no, algo inusual en los cielos de Arabia en 1479? Es difícil de decir, sobre todo teniendo en cuenta que el texto señala una supuesta observación que habría tenido lugar casi cien años antes de la edición del libro y a miles de kilómetros de distancia. Además, no se conserva ninguna referencia independiente de este fenómeno, por lo que resulta imposible comprobar qué parte del dibujo representa la descripción que pudiesen haber proporcionado los testigos y qué parte es de la propia cosecha del autor. Por este motivo, el “cohete de Lycosthenes” ha quedado, tal vez para siempre, como un curioso ejemplo de la imaginación de las gentes del Renacimiento a la hora de representar lo que con toda probabilidad no sea más que un simple cometa.
¡Hasta la semana que viene!
(*) Lykosthenes, K.: Prodigiorum ac ostentorum chronicon quae praeter naturae ordinem, motum, et operationem, et in superioribus & his inferioribus mundi regionibus, ab exordio mundi usque ad haec nostra tempora, acciderunt. Ed. H. Petrl. Basilea, 1557.

Nota- Una adaptación de este artículo aparecerá en el texto del próximo libro del autor: "Los vikingos de Marte y otras historias sobre la búsqueda de vida extraterrestre".

sábado, 7 de noviembre de 2015

“Wow”, la señal más extraña del firmamento


Impresión original de la señal Wow con la anotación al margen
 
 

“Wow”, la señal más extraña del firmamento


Como es bien sabido, en los años 70 del siglo XX la NASA comenzó el patrocinio de los programas de investigación SETI (*), destinados a la posible detección de emisiones procedentes de civilizaciones extraterrestres. La mayoría de estos programas analizan señales electromagnéticas recibidas por radiotelescopios, con la esperanza de encontrar alguna que muestre las características propias de un mensaje alienígena. A día de hoy, de entre el ingente número de señales recibidas tan solo unas pocas han llegado a ser candidatas, pero ninguna de ellas ha sido observada más de una vez, por lo que su origen artificial no ha podido comprobarse. La más enigmática de estas sospechosas fue la llamada señal “Wow”, detectada el 15 de agosto de 1977, a las 23:16, por el radiotelescopio Big Ear, en Ohio.
Procedente de la zona oriental de la constelación de Sagitario, cerca del cúmulo globular M55, la señal duró 72 segundos y fue registrada en papel por la computadora del laboratorio. Días después, cuando el joven profesor Jerry R. Ehman descubrió la insólita secuencia, no pudo por menos que anotar, preso de la excitación, la célebre expresión al lado de la señal. En efecto, durante el rastreo las señales se traducían a una secuencia de letras y números, cada uno de los cuales indicaba su intensidad. En el caso de Wow, la secuencia "6EQUJ5" en el segundo canal de la computadora implicaba que la señal había alcanzado una intensidad treinta veces superior a la del ruido de fondo, algo que nunca volvería a ser experimentado, ni antes ni después, por el radiotelescopio.
Pero, ¿qué es lo que hacía de Wow una señal tan particular? En primer lugar, la frecuencia utilizada para la escucha era la del hidrógeno neutro, considerada como de utilización probable por parte de una supuesta cultura alienígena para las comunicaciones interestelares, y estaba dentro del espectro donde está prohibida la emisión de radio por las leyes internacionales, lo que casi descartaba una posible contaminación. En segundo lugar, la onda detectada era de un tipo conocido como continua (CW), muy apropiada para ser enviada a largas distancias porque puede ser escuchada a niveles de intensidad muy bajos. Además, la duración de 72 segundos era exactamente la esperada de una señal de origen extraterrestre captada por el Big Ear, ya que coincidía con el período durante el que este radiotelescopio fijo podía observar un punto cualquiera del espacio dada su ventana de observación y el efecto de la rotación de la Tierra. Por último, la señal había sido emitida en un rango de frecuencias mucho más estrecho que el habitual en las fuentes naturales de radiación.
Sin embargo, y a pesar de haberla vuelto a buscar docenas de veces, la misteriosa señal no ha vuelto a ser escuchada, lo que reduce en gran medida las posibilidades de que fuese de origen artificial. Las posibles alternativas, todas ellas sin comprobar, incluyen una emisión de radio de un satélite artificial que atravesase esa órbita en ese instante, el reflejo en la basura espacial de una señal de origen terrestre o un evento astronómico de origen natural y de gran potencia. Las dos primeras posibilidades son poco creíbles, ya que la señal de un satélite se habría detectado repetidamente y ya hemos comentado que no había emisiones de origen terrestre a esa frecuencia.
¿Fue Wow el lejano rescoldo de un acontecimiento catastrófico de origen galáctico, el resultado de una extraordinaria coincidencia de origen artificial terrestre, o la primera llamada de una civilización alienígena, enviada quizás hace eones desde un remoto lugar del cosmos? Puede que nunca lo sepamos. La ausencia de una señal repetida parece apuntar hacia hipótesis alternativas, aunque todas ellas están pendientes de comprobar. Mientras tanto, Wow sigue siendo, y es probable que lo sea durante mucho tiempo, uno de los enigmas no resueltos más conocidos de toda la historia de la ciencia, y quizá lo más cerca que hemos estado hasta ahora de toparnos fuera de nuestro mundo con algo de origen artificial.
¡Hasta la semana que viene!

(*) Siglas en inglés de Search for ExtraTerrestrial Intelligence. Este artículo es una ampliación de parte del material que aparece en nuestro nuevo libro sobre astrobiología y búsqueda de la vida extraterrestre.

viernes, 23 de octubre de 2015

Imagen medieval donde un boticario entrega un remedio en un recipiente

Polvo de oro y remedios medievales

Sobre los curiosos procedimientos medievales para curar enfermedades y sanar a los enfermos, se han escrito auténticos ríos de tinta. En Occidente, en concreto, algunos de los detalles de los pintorescos y a menudo lamentables métodos utilizados por los médicos de la época (llamados “físicos” por aquel entonces) han quedado registrados en multitud de documentos donde se muestra el predominio de la superstición y el pensamiento mágico en los métodos de aquellos que supuestamente deberían ser depositarios de la ciencia. De entre todos los tratamientos propuestos por estos galenos, uno de los más extraños quizá haya sido el empleo del oro como remedio para las enfermedades.
Para la mayoría de los médicos medievales, los metales poseían propiedades curativas, y siendo considerado el oro el más perfecto y noble de ellos, no es de extrañar que lo viesen como un remedio muy eficaz. Así, por ejemplo, en el siglo XI Constantino el Africano escribía desde Sicilia que “el oro tiene la propiedad de aliviar un estómago dañado y reconforta a los temerosos y a aquellos que sufren de dolencias del corazón... es eficaz contra la melancolía y la calvicie”. Por supuesto, el oro tenía que ser suministrado en trocitos muy pequeños para que el cuerpo pudiese asimilarlo, y además debía mezclarse con otros componentes para dar lugar a lo que se consideraba como un buen medicamento. Así, en el siglo X el cordobés Abulcasis explicaba cómo obtener polvo de oro para uso terapéutico frotando una pieza grande con un paño de lino y lavándolo en agua dulce. Esta costumbre medieval perduró durante el Renacimiento, ya que se conservan varias recetas de los siglos XV y XVI, una de las cuales es especialmente pintoresca. Dice así:
“Toma las presentaciones de plata, cobre, hierro, plomo, acero, oro, calamina de plata y de oro, estoraque, de acuerdo con la actividad o inactividad del paciente. Ponlos en la orina de una niña virgen el primer día, el segundo día en vino blanco caliente, el tercer día en jugo de hinojo, el cuarto día en claras de huevo, el quinto día en la leche de una mujer que esté amamantando a una niña, el sexto día en vino tinto, el séptimo día en claras de huevo. Y ponlo todo en una retorta en forma de campana y destílalo a fuego lento. Y guarda el destilado en un recipiente de oro o plata”.
Esta receta se suponía que era eficaz contra la lepra, las manchas de la piel, las enfermedades oculares, e incluso para prevenir el envejecimiento, pero había otras destinadas a cauterizar las heridas, donde el oro se consideraba que contribuía a que la curación fuese más rápida y completa. Asimismo, durante los siglos XVI y XVII se empleó el oro para recubrir píldoras de medicamentos con la esperanza de enmascarar su mal olor o sabor.
A medida que la ciencia médica progresaba, la utilización de los metales preciosos en medicina decayó hasta prácticamente desaparecer, aunque hoy en día parece estar resucitando de la mano de medicamentos contra la artritis reumatoide, la malaria, el SIDA o la enfermedad de Chagas. También podría usarse para la detección y tratamiento del cáncer en forma de nanopartículas, que en teoría podrían calentarse lo suficiente como para destruir las células cancerosas, aunque esta última aplicación todavía requiere el encontrar un revestimiento adecuado que permita al organismo asimilar correctamente el medicamento. En cualquier caso, las nuevas aplicaciones del oro en la medicina son tan solo un pálido reflejo de una época pasada en la que curar a los enfermos era un ejercicio que tenía mucho más de magia que de ciencia.
¡Hasta la próxima!
Nota- Texto adaptado del libro del autor: Esto no estaba en mi libro de historia de la química

domingo, 11 de octubre de 2015


Grabado con la imagen del "autómata"


El increíble fraude de “el Turco”


Lejos de ser algo exclusivo de nuestros días, la fascinación por los autómatas y la inteligencia artificial ha acompañado a nuestra especie desde los tiempos de Herón de Alejandría (ver “una camarera automática” en este mismo blog), e incluso con anterioridad. La costumbre de engañar a los incautos con supuestas maravillas, también. Por eso no es de extrañar que la historia de la ciencia esté jalonada de fraudes. Uno de los más descarados, y a la vez de mayor éxito, fue la del supuesto autómata-ajedrecista conocido como “el turco”.
“El turco” era una cabina de madera con un tablero de ajedrez y un mecanismo de relojería en su interior, que incorporaba un maniquí vestido con túnica y turbante (de ahí el nombre) y que había sido construido por el ingeniero e inventor húngaro Wolfgang von Kempelen en 1770 como consecuencia de una especie de apuesta con la archiduquesa María Teresa de Austria. Desde el momento en que vio la luz por primera vez hasta que fue destruido por un incendio en 1854, el “turco” recorrió Europa durante más de ocho décadas, derrotando uno tras otro a casi todos sus oponentes, incluyendo a algunos de los mejores jugadores de ajedrez de la época y a muchos personajes famosos, como Napoleón Bonaparte o Benjamín Franklin. Durante las actuaciones, se mostraba el interior de la cabina para que los espectadores pudiesen comprobar que no había nada más que engranajes y espacio vacío. Todo apuntaba a que se trataba de una auténtica maravilla de la técnica, pero en realidad se trataba de un truco de magia.
Tal y como reveló el hijo de su último propietario, el “turco” era manipulado por una persona escondida en su interior, siempre un excelente jugador de ajedrez. El jugador se ubicaba en el espacio oculto comprendido entre la zona donde estaban los engranajes y la parte posterior de la cabina, y se desplazaba en una silla montada sobre rieles. Siguiendo los movimientos en el tablero gracias a unos indicadores magnéticos situados debajo del mismo, jugaba en un pequeño tablero secundario que había en el interior. Para mover el brazo del autómata, utilizaba lo que era en esencia un pantógrafo(*), y contaba también con controles para mover la cabeza, los ojos, e incluso para hacer ruido con el mecanismo de relojería, con objeto de disimular sonidos como el de la tos. Asimismo, disponía de un sistema para comunicarse con la persona que coordinaba el espectáculo.
Aunque hoy en día pueda parecer increíble que, a pesar de los cientos de exhibiciones públicas, nadie se diese cuenta del truco y no se filtrase el secreto de alguna manera, la verdad es que el pseudo-autómata se mantuvo en activo durante ochenta y cinco años, pasando al menos por las manos de cuatro propietarios y unos quince operadores ocultos, en lo que es un ejemplo impresionante del poder del ilusionismo. Su constructor, un auténtico genio olvidado de finales del siglo XVIII, tuvo la suficiente habilidad como para completar un ingenioso mecanismo de manipulación oculta, complementado con una minuciosa puesta en escena, donde las puertas de la cabina se abrían en un orden preciso y todos los movimientos del maestro de ceremonias estaban pensados para despistar a la audiencia.
Sin embargo, y aunque "el turco" es la más famosa de sus obras, von Kempelen fue, más allá de un brillante estafador, un inventor e ingeniero de primera fila entre cuyas producciones se encuentran varias asombrosas máquinas parlantes, una de las cuales fue más tarde adquirida por uno de los propietarios de “el turco” para que pudiera decir “jaque”… ien la lengua deseada!
¡Hasta pronto!

(*) Un pantógrafo es un mecanismo articulado en el que unas varillas están conectadas de tal manera que se pueden mover desde un pivote.